ARTICULOS INTERESANTES

Nota: Estos Articulos no reflejan necesariamente el pensar de nuestra iglesia.

 

EL CAMBIO: ENMIENDA Y CONVERSIÓN

ANGLICANISMO ORTODOXO

EL ECUMENISMO

LAS PREGUNTAS APROPIADAS
CRISTO Y LAS RELIGIONES DEL MUNDO
DE HOMBRES Y ESCRITURAS
LAMBETH, LA BIBLIA Y LA SEXUALIDAD
EL RESPETO A LA VIDA Y A LA PAZ
EL BAUTISMO DE LOS CREYENTES-- Y DE SUS HIJOS
¿MATRIMONIO O COHABITACION ?
 
 

 

 

Las preguntas apropiadas

Dos breves reflexiones teológicas por John Rodgers

Un obispo comenta acerca de la Iglesia y de la situación presente en la Comunión Anglicana, la Iglesia Episcopal de EE.UU . (ECUSA), el Consejo Anglicano Americano (AAC) y la Misión Anglicana en América ( AMIA )

Me pregunto si no nos equivocamos cuando hablamos de quedarnos en ECUSA o salir de ella. Creo que la situación que tenemos delante se entiende mejor si la consideramos en los términos de una excomunión de falsos maestros - es decir, de una disciplina eclesiástica piadosa - y de las características de una Iglesia visible: de lo que supone ser Iglesia.

Permítanme comenzar con la perspectiva de la excomunión de falsos maestros.

Esto es, a mi entender, lo que AMIA ha tratado de ayudar a que se produzca con su llamamiento temprano y continuado a los Primados de la Comunión Anglicana. A este respecto, me identifico plenamente con el artículo publicado hace algún tiempo por el Revdo . Sam Edwards sobre «Estar en comunión», y con el más reciente del Dr. Rob Sanders que considera que las acciones de los ortodoxos necesitan del uso de la excomunión: una ruptura clara y pública de la comunión sacramental.

Lo que distingue a AAC y AMIA de otros grupos anglicanos ortodoxos que han denunciado la situación en ECUSA, es que ambas organizaciones han tratado de permanecer dentro de la Comunión Anglicana y - como parte de la misma - intentado animar a los Primados a que actúen. En sus Peticiones, desde el principio, AMIA solicitaba a los Primados anglicanos que excomulgaran a los falsos maestros y notorios pecadores de ECUSA, desde una perspectiva bíblica y anglicana histórica. En este sentido, no se trata en realidad de un quedarse en ECUSA o salir de ella, sino de expulsar: de disciplina eclesiástica.

Lo extraño en el caso de ECUSA es que muchos de los que ocupan puestos de autoridad en sus estructuras institucionales, y que debieran estar aplicando la excomunión, no pueden hacerlo en absoluto, sino que son más bien ellos quienes han de ser excomulgados. Esta dolorosa peculiaridad es lo que da la falsa impresión de que se trata de un asunto de salir o quedarse en ECUSA.

Cuando consideramos la situación a la luz de las características de una Iglesia visible, no se trata - otra vez - de quedarse o marchar, sino de cuál es la naturaleza de ECUSA. ¿Podemos sostener que ECUSA sea de alguna forma, desde una perspectiva histórica anglicana, una verdadera Iglesia visible? El Artículo 19 («Sobre la Iglesia») afirma: «La Iglesia visible de Cristo es una congregación de hombres fieles, en la que se predica la pura Palabra de Dios y se ministran debidamente los sacramentos según la ordenanza de Cristo en todo aquello que es requisito necesario de los mismos.»

El Artículo 35 («Sobre las homilías), por otra parte, requiere que en la Iglesia se lean homilías que contengan «doctrina sana y piadosa». La Homilía del Domingo de Pentecostés afirma expresamente que la tercera característica de una Iglesia visible de Cristo es la debida disciplina eclesiástica. Dicha disciplina está claramente implícita en el Artículo 19, ya que sin el ejercicio de la misma pronto se perdería la fiel proclamación y la fiel administración de los sacramentos - ciertamente todos lo hemos visto confirmarse ante nuestros propios ojos - . Obsérvese también que los Artículos no dicen que sea suficiente tener la enseñanza o la práctica sacramental correcta en los libros o los cánones, sino que hablan de una práctica real: «se predica» y «se ministran» debidamente.

Ahora bien, ¿tiene alguien alguna duda de que ECUSA, como Provincia institucional, hace tiempo que no cumple con la práctica de estas tres características? No necesitamos repasar sus bien conocidas y multiformes desviaciones de la enseñanza bíblica y anglicana histórica a lo largo de los últimos cuarenta año poco más o menos. Además, ¿tiene alguien alguna duda de que con la consagración de V.G . Robinson , que ha contradicho la Palabra de Dios escrita, ECUSA ha alcanzado ahora el nivel de la apostasía?

Y lo ha hecho públicamente de forma oficial e innegable, cambiando así la enseñanza oficial de la institución; a saber, las doctrinas y la práctica de la autoridad de la Escritura, la naturaleza humana, el matrimonio, el pecado, etc. ¿Y qué diremos de la supervisión y la disciplina eclesiásticas? ¿Dónde está la disciplina eclesiástica responsable en ECUSA? En mi opinión, la gran cantidad de disciplina que se está ejerciendo actualmente va dirigida contra aquellos que afirman las enseñanzas históricas y bíblicas de la Iglesia tal y como lo anglicanos las han recibido y confesado, y como el clero ha prometido sostenerlas. Y lo mismo vemos respecto a los sacramentos.

¿Cómo podemos sostener que los sacramentos está siendo debidamente administrados cuando se invita a la mesa del Señor a los no cristianos y a aquellos que viven en pecado flagrante y abierto en nombre de un «amor e inclusividad » que son contrarios al verdadero amor de Cristo? Jesús estuvo dispuesto a dejar marchar entristecido al joven rico antes que alterar su necesidad de arrepentimiento.

En ECUSA está a la orden del día una inclusividad que considera a todo el mundo salvo sin tener en cuenta si se hallan o no presentes el Evangelio o las gracias del arrepentimiento y la fe. La conclusión acerca de ECUSA parece ineludible: dado su quebrantamiento de la doctrina correcta, de la celebración fiel de los sacramentos, y su falta y abuso de la disciplina eclesiástica, resulta difícil entender que nosotros, anglicanos, podamos con limpia conciencia, seguir considerándola - a nivel institucional - como una expresión visible de la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia de Cristo.

Si esto es así con ECUSA, entonces la Red patrocinada por AAC tiene razón al afirmar que la institución de ECUSA ha dejado la Iglesia, y que la Red de Diócesis y Parroquias de la Comunión Anglicana es una continuadora fiel y verdadera de lo que ECUSA fue en otro tiempo: ya que para entrar en dicha Red se requiere conformidad con la doctrina correcta, una fiel celebración de los sacramentos y la sumisión al ejercicio de la disciplina eclesiástica. Naturalmente, estoy dando por sentado que estas cosas se requieren cuidadosamente, y que se ha producido una ruptura pública de la comunión sacramental por su parte con aquellos que han respaldado a la ECUSA institucional y han seguido el camino elegido por ésta.

Aquí, nuevamente, no se trata de quedarse o marchar, sino de ser: ser una expresión visible de la Iglesia de Cristo o de no serlo más. Es de suponer que por lo menos los trece Primados que han roto su comunión con ECUSA y que han respaldado públicamente a la Red de Diócesis y Parroquias de la Comunión Anglicana estarán de acuerdo con esta evaluación, y que sin duda otros más se añadirán a ellos.

Visto de esta manera, tanto AAC como AMIA, aunque ocupadas cada una día a día en la misión que Dios les ha encomendado, han sido y están tratando de ayudar a la formación y el reconocimiento de una Provincia Ortodoxa reconocida por los Primados de la Comunión Anglicana. Igualmente necesaria es una declaración por parte de los Primados y de sus Provincias de que la Provincia institucional de ECUSA ha dejado de ser parte de la Comunión Anglicana y por ello no puede seguir siendo considerada por los anglicanos fieles como una Iglesia visible de Cristo. Sería estupendo que esto pudiera hacerse con la cooperación, el consentimiento y el pleno acuerdo del Arzobispo de Canterbury .

En caso de que alguien considere estrechas y duras estas reflexiones, sólo puedo alegar que la excomunión y el decir la verdad respecto a la naturaleza de la Iglesia visible son considerados por la Escritura y en los Artículos de la Religión como actos de amor llevados a cabo, no sólo para proteger a los fieles y dejar claro el mensaje de la Iglesia, sino también para advertir y despertar a aquellos que han caído en la herejía, y a quienes están viviendo en pecado público y notorio, a su necesidad de arrepentimiento y acerca de la bienvenida al evangelio que les espera si se arrepienten de veras.

John Rodgers Jr .

Obispo Jubilado, Misión Anglicana en América

 

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CRISTO Y LAS RELIGIONES DEL MUNDO

El ecumenismo interreligioso

L as relaciones ecuménicas interreligiosas son un asunto tenido en cuenta por los líderes cristianos y por algunos sectores de las diferentes iglesias, habiendo dado lugar a diferentes encuentros que, sin duda, pueden revestir un interés no despreciable, por cuanto todo lo que pueda hacerse a favor de conocer y reconocer valores que otros poseen, puede significar un primer paso en el entendimiento recíproco.

En mi forma de ver las cosas, tal vez sesgada y hasta cegada, creo que, apañe de tal entendimiento primario, las valoraciones que se hagan han de tener por referencia absoluta la singularidad del evangelio.

La gran comisión

La obra de nuestro Señor Jesucristo, es decir la evangelización del mundo, fue encargada a sus directos discípulos con claras palabras: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y doctrinad a todos los gentiles, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado" (Mateo 28:18~20).

Es decir, que Jesucristo envió a sus discípulos a llevar la buena noticia de la salvación a los gentiles, "a los que estaban sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo" (Efesios 2:12) y no a valorar o a ponerse de acuerdo con las filosofías existentes en el mundo pagano.

Desde un principio, sus discípulos se empeñaron en predicar el evangelio, no sus propias doctrinas o enseñanzas, sino lo que se les había mandado, llegando a ser conocido el evangelio en muy distintas y remotas regiones. En la actualidad, todavía hay miles de misioneros que se empeñan en llevar la doctrina de salvación a muchos que todavía no la han conocido o no la han recibido.

Podríamos conceder que los apóstoles, como judíos, tuvieran un concepto limitado del mundo pagano, y hasta posible ignorancia de otras filosofías existentes en él, pero no creo que podamos poner en la mente de Dios, y en los labios de Jesús, dichas ignorancias y que fueran enviados sus discípulos a evangelizar a bárbaros e ignorantes sin más. Sin lugar a dudas, Israel, como nación, no estaba al margen de otras civilizaciones y filosofías, pues muchos de sus hijos ya se habían asentado en diversos lugares fuera de su misma patria.

Mensaje de salvación en el Hijo

Además, el mensaje a notificar era claro y conciso: "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". Y uno de los evangelistas transcribe la razón de tal amor: "Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él [por Cristo]" (Juan 3: 16-17). En relación con la obra y el mensaje de Cristo Jesús, el mundo está perdido con todas sus filosofías y creencias. Y a pesar de todas ellas.

El mismo san Pablo, hombre con notables conocimientos intelectuales, lo atestiguó ante los (ya convenidos) cristianos corintios, a quienes les dijo: "Cuando yo fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría, pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna, sino a Jesucristo, y a éste crucificado... Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios" (l Corintios 2:1-5).

Pero sobre todo hay que clarificar que Cristo no vino a traer al mundo una nueva filosofía, ni una nueva filantropía. Más claro: el cristianismo no es ni una filosofía, ni una filantropía. El cristianismo es Cristo. Y Cristo es el unigénito Hijo de Dios, no otro maestro o filósofo entre "los que en el mundo han sido". Evangelizar no es mostrar una filosofía o una manera de concebir la vida. Es llevar a Cristo, es llevar la Vida.

¿Negamos lo bueno de las filosofías existentes en otros sectores del mundo habitado? En ninguna manera, pero nunca las equipararemos a la revelación de Dios en Jesucristo, por cuanto si lo hiciéramos estaríamos negando, matando, "al Autor de la Vida" (Hechos 3:15).

Más allá de la moral ¿Cómo, entonces, ver las relaciones ecuménicas interreligiosas? ¿Todos cabemos, podemos estar, en el mismo saco? Si consideramos a los que "ya" niegan a Cristo, y a los que no le han conocido, como interlocutores válidos para tales relaciones, dejaremos reducido a Cristo a como lo vieron los de su tiempo: como a un hombre "que

hablaba como nadie antes había hablado y que anduvo haciendo bienes" (Juan 7:46 y Hechos 10:38).

¿Dónde está, entonces, la sangre de Cristo? ¿Dónde el Hijo de Dios? Podrá haber muchos, y distinguidos, nombres en el mundo, pero ¿y el nombre de Jesús? Porque "no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. En ningún otro hay salvación" (Hechos 4:12). ¿O volveremos a crucificar al Hijo de Dios, exponiéndole a vituperio? (Hebreos 6:6). ¿Pondremos a Cristo a la misma altura de todos los sabios, filósofos e inventores de religiones? De ninguna manera, pues lo insensato de Dios es más sabio que los hombres (1 Corintios 1: 25 ) .

Cuando la Iglesia ha llevado el evangelio a otras civilizaciones, ha encontrado en más de una de ellas, una moral bastante fuerte y vivida, lo que fue (y seguirá siendo) motivo para que el evangelio no penetrase en los medios en que fue predicado. Y no olvidemos que la moral, en muchas ocasiones, ha sido antepuesta por la Iglesia a la predicación del evangelio y no a la inversa, como debiera, por cuanto el evangelio es mucho más que moral.

Sin duda, el haber llevado de esta manera el evangelio, incluso adosándole la propia identidad cultural y civilización de quienes evangelizaban, ha dado ocasión a que muchos pueblos asimilaran costumbres que les eran extrañas y el evangelio quedara asociado a una forma panicular, sustituyendo la realidad humana de los que lo recibían, cuando el evangelio no tenía por qué suplantar costumbres, las cuales, en todo caso, quedarían renovadas por el poder mismo del evangelio, haciendo todas las cosas nuevas.

La simplicidad de muchas expresiones y prácticas religiosas y morales, ha cautivado la atención de muchos "cristianos" y descreídos, que han visto en esa moral y actuación un "modelo" para el nuevo vivir, hasta llegar a dejar su "fe"; pero ello ha sido porque no han conocido el mensaje del evangelio, sino una forma de vivir el cristianismo, más como moral que como vida en Cristo.

No podemos rechazar a ninguna persona, pero nuestro envío está circunscrito y especificado a predicar el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones" (Lucas 24:47) y no a aceptar o compartir otras filosofías. Ponerse en la misma fila de los dirigentes de otras religiones o de otras filosofías, incluso ateas, será muy del saber humano, pero no es el medio más cristiano para defender la sabiduría de Dios. Atención: ¡La sangre del Hijo de Dios está por medio!

En buena hora acceder al diálogo interreligioso "para evangelizar", pero no para terminar siendo más sabios según el mundo, más no según Dios.

Rvdo . Canon. Francisco Serrano

(Aparecido en la revista La Luz de agosto-diciembre 2000)

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DE HOMBRES Y ESCRITURAS

La Comisión Internacional Anglicano- Católicorromana (ARCIC) ha sorprendido recientemente al mundo anglicano con la publicación de su informe The Gift of Authority (El don de la autoridad). En dicho informe se afirma: «El trabajo de la Comisión ha dado como resultado un acuerdo suficiente sobre la primacía universal [del Papa] como don para ser compartido, como para que sugiramos que dicha primacía podría ofrecerse y recibirse incluso antes de que nuestras Iglesias estén en comunión entre sí.»

El documento también afirma que la infalibilidad del Papa ha sido malinterpretada en el pasado, y que cuando éste habla ex-cátedra lo hace desde la autoridad colegiada de los obispos. «Toda definición solemne pronunciada desde la cátedra de Pedro -puntualiza el informe- en la iglesia de Pedro y de Pablo puede ... expresar sólo la fe de la Iglesia. Cualquier definición así se pronuncia en el seno del colegio de aquellos que ejercen el episcope , y no fuera de dicho colegio.»

Además, The Gift of Authority señala que aunque la Tradición es la obra del Espíritu en la transmisión del evangelio de una generación a otra, las Escrituras ocupan «un lugar único y normativo» y que la Iglesia debe «medir constantemente su enseñanza, predicación y acción con las mismas». ¡Uno se pregunta cómo la Iglesia de Roma ha podido, desde Trento hasta nuestros días, promulgar dogmas que están tan en desacuerdo con las Sagradas Escrituras como la misma infalibilidad del Papa o la Inmaculada Concepción en el siglo XIX, o si estaría dispuesta a dar marcha atrás sobre dichas dogmas!

Por otro lado, como apunta un editorial de The Church of England Newspaper , «el [mismo] papado actual ha promovido formas extremas de veneración a María, hasta el punto incluso de pensar en darle a ésta el nuevo título de Corredentora».

Como era de suponer, The Gift of Authority ha preocupado en gran manera a los anglicanos evangélicos, quienes según The Church of England Newspaper «todavía creen que muchas de las cuestiones que dieron origen a la Reforma -tales como la justificación, la transubstanciación, el lugar de María y la centralidad de la Biblia- están aún por resolver».

Resulta tanto más asombroso que los teólogos y obispos de la ARCIC defiendan el reconocimiento de la autoridad papal por parte de los anglicanos cuanto que la Iglesia de Roma sigue declarando «nulas e inválidas» las órdenes anglicanas, prohíbe la intercomunión y obliga a los matrimonios mixtos a educar a sus hijos en la fe católicorromana . «La primacía universal del Papa -sigue diciendo el editorial de The Church of England Newsapaper - ha sido una teoría aceptada desde hace tiempo por los entusiastas ecuménicos dentro del anglicanismo, pero la inmensa mayoría en la Iglesia de Inglaterra, y más aún en la Comunión Anglicana, jamás ha admitido tal proposición ecumenista .»

El arzobispo de Cantórbery , aunque alabó el hecho de que en el nuevo documento la «teología polémica» hubiera sido sustituida por una «teología de convergencia», puntualizaba: «No hay duda de que en The Gift of Authority habrá varios temas que serán cuestionados, evaluados con espíritu crítico y atentamente examinados por ambas Comuniones.»

Para el obispo Murphy - O'Connor , que encabeza el grupo católicorromano de la ARCIC, aunque el documento no aborda cuestiones tales como la ordenación de mujeres al presbiterado o la validez de las órdenes sagradas anglicanas, éstas se resolverían con mucha más facilidad si se llega a un acuerdo sobre el tema de la autoridad -¡de eso no cabe la menor duda!-. Por mucho que se marée la perdiz, sin embargo, la cuestión de la autoridad siempre estará desenfocada mientras trate de concentrarse en un hombre o en un grupo de hombres, por más que éstos se hallen «en la sucesión de los apóstoles, que eran el cuerpo autorizado y enviado por Cristo a predicar el evangelio a todas las naciones». La respuesta de Lutero en Worms sigue siendo válida: «A menos que se me convenza por medio de la Escritura y de la razón llana -no acepto la autoridad de papas ni de concilios, puesto que se han contradicho unos a otros-, mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios.»

Juan Sánchez Araujo

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LAMBETH, LA BIBLIA Y LA SEXUALIDAD

Reflexiones del obispo Ayudante de la Diócesis Anglicana del Norte de Sydney , Australia , sobre la Conferencia de Lambeth de 1998 . ( Texto editado )

L os «nuevos liberales» son esencialmente modernistas que valoran muy alto la modernidad. Sostienen una visión evolucionaría del «progreso humano», juntamente con la opinión de que la piedra de toque para todo es la «liberación». Su «misión» actual es la de liberar a la Iglesia del rechazo a las relaciones homosexuales, específicamente a aquellas relaciones estables y comprometidas entre personas del mismo sexo. Estos «nuevos liberales» tratan de obtener el encargo oficial de bendecir tales uniones y ordenar al ministerio cristiano a personas involucradas en las relaciones en cuestión. De hecho, un cierto número de obispos anglicanos «nuevos liberales» llevan ya algún tiempo «bendiciendo» y ordenando al ministerio a personas así en los Estados Unidos.

El cristianismo histórico

Esta cosmovisión que exalta la modernidad y, de hecho, la preocupación actual por lo políticamente correcto, es totalmente contraria al cristianismo histórico, convencido de que Dios ha actuado «una vez» en el tiempo y «para toda la humanidad» con la venida, muerte y resurrección del Mesías de Israel, que es al mismo tiempo el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios. Toda persona es única, pero Jesucristo es únicamente único. Además, el cristianismo histórico afirma que Dios, habiendo hablado en su Hijo, también lo ha hecho en las Escrituras -que profetizaron la venida de éste en el Antiguo Testamento y anunciaron dicha venida en el Nuevo-. La convicción de que Dios ha actuado «una vez por todas y para todos», y hablado «una vez por todas y para todos», está en la raíz de la fe «católica».

El término «católico» proviene de las palabras griegas kath holique , «según el todo», y el primero en usarlo fue el obispo de Antioquía Ignacio en los comienzos del siglo II. Él fue también quien acuñó la palabra «cristianismo». El cristianismo católico es aquello que «toda» la Iglesia ha creído siempre en «todo» tiempo y «todo» lugar basándose en las enseñanzas de las Escrituras canónicas.

Algunas cosas, como por ejemplo el lenguaje que usamos en las liturgias y los himnos, cambian, otras no lo hacen: como es el caso de los fundamentos de nuestra fe expresada en los Credos y la enseñanza bíblica acerca de quiénes somos como seres sexuales creados por Dios o la forma de dar expresión a nuestra sexualidad.

Como el «nuevo Israel», nosotros -la «Iglesia católica»- debemos ser luz para las naciones, al igual que tenía que serlo el Israel histórico. Por lo que creemos acerca de Dios y de su salvación, y por nuestra manera de comportarnos, hemos de ser esa sal y esa luz preservadoras de las sociedades. Cuando somos infieles a lo que Dios nos ha dado, constituimos un estorbo tanto para los creyentes de nuestras propias iglesias como para el mundo que nos rodea.

Las sociedades que han tenido una importante presencia cristiana, cuando ese cristianismo ha sido fiel a la Palabra de Dios, han disfrutado de las bendiciones de la estabilidad (a través de una vida familiar estable) y del reconocimiento de los derechos humanos. Tenemos el deber, impuesto por Dios, de ser fieles tanto a nosotros mismos como a las comunidades que nos rodean. Los líderes de la Iglesia -en nuestro caso los obispos- tenemos pesadas responsabilidades a este respecto.

Los «nuevos liberales», sin embargo, creen que la Iglesia escribió la Biblia y puede reescribirla , por ejemplo, para respaldar una idea mermada de Cristo o un programa «liberado» de práctica sexual. A este respecto no se dan cuenta de que la Iglesia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, se descarrió de tal manera que tuvieron necesidad de profetas y apóstoles para corregirles.

Esos profetas y apóstoles profirieron las palabras de Dios, las cuales fueron habladas a la Iglesia de sus respectivos tiempos, no por ella. Imagínese lo que serian las Escrituras si las hubiesen escrito el rey Acab o la iglesia de Corinto !

No hay duda de que el Espíritu de Dios guió a las comunidades cristianas de los primeros siglos a reconocer aquellas Escrituras que eran «canónicas». Y esto lo hicieron frente a quienes querían la inclusión de más textos (en el caso de algunos gnósticos) o menos textos (en el caso de Marción ).

Los «nuevos liberales» creen también que la Iglesia debe de hecho predicar contra la Biblia, como en el caso de los primeros capítulos del Génesis, que se consideran « heterosexistas ». Esto es una contradicción: ¡por un lado afirman que la Iglesia nos ha proporcionado la Biblia, y por otro que debe predicar en contra de esa misma Biblia que nos ha provisto en primer término!

Lo que sucedió en Lambeth

En Lambeth había sesenta obispos para la subsección encargada de la sexualidad, subsección en la cual el arzobispo Goodhew y yo mismo habíamos escogido trabajar. Luego se nos dividió en grupos de cuatro. Mi grupo lo formaron Harry Goodhew , Colin Bazely -un misionero de SAMS en Chile- ¡y [el «nuevo liberal» radical] John Spong ! Las reuniones fueron vehementes y difíciles. En general la voz de los liberales se dejó oír más fuerte en este grupo. Sin embargo, nos llevamos una grata sorpresa cuando al final la sección adoptó una declaración más o menos aceptable. Mucha gente por todo el mundo había estado orando por un resultado que honrara a Dios.

En la reunión plenaria, la Conferencia dio un sonoro respaldo -de siete contra uno- a la resolución alcanzada por la sección sobre sexualidad, pero con algunas enmiendas que la fortalecían. Esto fue noticia de primer orden en Gran Bretaña. La decisión significaba un claro «No» al programa de los «nuevos liberales», del que la causa gay era un poderoso símbolo. En la raíz de dicho símbolo, sin embargo, está la cosmovisión modernista que ellos sustentan de que Dios aún no ha actuado ni hablado definitivamente.

No obstante, Lambeth 1998 afirmó el cristianismo histórico. La Conferencia decidió que, «en vista de la enseñanza de la Escritura ... sostiene la fidelidad en el matrimonio entre un hombre y una mujer, en una unión para toda la vida, y cree que la abstinencia es lo apropiado para aquellos que no han sido llamados a casarse». Con esta opinión abrumadora, Lambeth también decidió que «la práctica homosexual es incompatible con la Escritura».

El arzobispo Carey ya había dejado claras sus propias ideas al respecto muchas veces, incluso en el debate de la Conferencia, cuando se manifestó rotundamente a favor del texto enmendado de la resolución. Su propia mano se alzó también claramente en la plataforma durante la votación, de modo que todos pudieran verla.

Esto requirió un considerable valor por su parte y ciertamente provocó la critica mordaz del lobby gay y de los obispos que lo apoyaban. Richard Holloway , el primado de Escocia, calificó a Carey de «patético» en los medios públicos de comunicación.

Esta ha sido una clara victoria, no sólo de la idea tradicional sobre la sexualidad, sino ante todo de la autoridad de las Escrituras. El resultado había sido buscado con ahínco por los obispos conservadores de Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá y Australia -quienes estaban más o menos en minoría en la subsección encargada de la sexualidad-, sin embargo, en la Sesión Plenaria, fueron las palabras y los votos de los obispos africanos y asiáticos los que condujeron a la Conferencia a tan inesperada y asombrosa conclusión.

¿Cómo ha sido esto posible?

Mi teoría es que los cristianos de los países en desarrollo pueden ver lo que el secularismo y la modernidad están haciendo a las mismas iglesias que les proporcionaron a ellos el evangelio, los Credos y la Biblia en un principio. Éstos ven lo que nosotros, en el llamado mundo desarrollado, no podemos ver por estar demasiado cerca de las cosas de aquí. Su nombre es apostasía, y esos cristianos no quieren ser apóstatas . No es que los dirigentes africanos o asiáticos no sean «modernos»: están plenamente al día en tecnología -p. ej. teléfonos móviles y correo electrónico-, pero en mi opinión hay una visión clara que está surgiendo de las dificultades y la persecución acerca de la cual nosotros en occidente sabemos poco, y que les obliga repetidamente a volver a Dios y a los fundamentos de la fe. Resulta bastante ultrajante calumniarlos diciendo que están sólo a un paso de la brujería. Muchos líderes africanos son políglotas y están altamente cualificados por las mejores universidades.

De manera que... ¿cuál ha sido la importancia de Lambeth , y hacia dónde debemos dirigirnos ahora? Podemos decir con certeza que, de no haber defendido la Conferencia de Lambeth la autoridad de la Biblia en relación con la simbólica cuestión del momento, a saber la práctica homosexual, ello hubiera señalado a nuestra Iglesia como una iglesia desobediente a la revelación divina y una iglesia sin el privilegio de traer a nuestro mundo las bendiciones de Dios. En adelante todo hubiera sido ir pendiente abajo, mientras la gente piadosa abandonaba a millares nuestras iglesias.

Por otro lado, Lambeth hace un llamamiento claro al amor pastoral y la compasión evangélica hacia todos aquellos atrapados en diversas prácticas -incluyendo las sexuales- que no son aprobadas por Dios en las Escrituras. La exactitud doctrinal sin una evangelización apasionada y un pastoreo tierno de los «perdidos», sean quienes sean, constituye un fariseísmo vacío. En la decisión de Lambeth está implícito un llamamiento a llevar amorosamente la Palabra del señor a todos los necesitados.

Revdmo . Paul Barnett

« Reflections on Lambeth »

EFAC Bulletin , 50, enero1999, pp. 3, 4.

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El respeto a la vida y la paz

Rvdo . Juan Sánchez Araujo

 

Cuando a un cristiano se le pregunta si la vida le merece respeto o si está a favor de la paz, no puede sino contestar con un sí rotundo. ¿Cómo podría ser de otro modo cuando él o ella sabe que Dios es quien ha creado todo cuanto existe y preserva y sostiene la vida en este mundo por amor a nosotros ( Mt 5:45)? Sólo eso ya debería infundir un profundo respeto por la vida en toda criatura.

 Pero si a esto añadimos que el Hijo unigénito y eterno de Dios se hizo hombre para reconciliar con el Padre a los seres humanos y el resto de la creación "haciendo la paz - como dice el apóstol Pablo - mediante la sangre de su cruz" (Col 1:20, 21), entonces el respeto hacia los seres creados, que son objeto de tal interés por parte de Dios, se hace todavía mayor, y la búsqueda de la paz y del bien de la creación se convierten en el programa primordial de todo creyente en Jesús ( Ef 6:15). El valor de la vida y de la paz lo ilustra el precio tan alto que el Hijo de Dios tuvo que pagar por ellos: su propia sangre. ¿Puede haber entonces bienes más preciosos que éstos?

 La doctrina de la Iglesia Española Reformada Episcopal, que es parte de la Comunión Anglicana, acerca del respeto a la vida y de la paz está basada, como es propio de las Iglesias de la Reforma, en la Biblia: la Palabra de Dios a los hombres. Por lo tanto, dicha doctrina concordará también con la tradición de la Iglesia cristiana de todos los tiempos en la medida en que ésta se haya mantenido fiel a la enseñanza de las Escrituras del Antiguo y el Nuevo Testamentos ( Ef 2:20).

 Para reflexionar "bíblicamente" sobre estas cuestiones hemos de tomar en consideración los siguientes hechos: (1) Que el ser humano ocupa una posición especial dentro de la creación de Dios; (2) Que el hombre ya no es lo que era cuando Dios lo creó en un principio; (3) Que hay una diferencia profunda entre el mundo como es hoy en día y como llegará a ser al final de la historia; y (4) Que ese mundo futuro, llamado en la Biblia "el reino de Dios", ya ha entrado en la historia humana con la venida de Jesucristo, y está presente en ella a través de la Iglesia cristiana, la comunidad de los últimos tiempos o "escatológica". Sin esta perspectiva, nuestra lectura de la Biblia sobre los temas que nos ocupan sería un verdadero galimatías.

 El valor especial de la vida humana

Como ya hemos dicho, todo ser viviente fue creado por Dios y merece nuestro mayor respeto. Es más, la Biblia explica que Dios encomendó al hombre la responsabilidad de gobernar la creación entera y de velar por ella; que hacerlo es nuestro deber; y que el ser humano habrá de rendir cuentas de su gestión en el día del juicio ( Ap 11:18). Sin embargo, la enseñanza bíblica atribuye un valor especial a la vida humana, ya que el hombre y la mujer están hechos a imagen y semejanza de Dios ( Gn 1:27). Es esto, y no meramente el hecho de ser sus mayordomos, lo que confiere a los seres humanos la gran dignidad que tienen. La vida animal y vegetal están a disposición del hombre para su sustento y mantenimiento - aunque éste debe mostrar hacia ellas el respeto debido (en Gn 9:3-5 la prohibición de comer carne con sangre parece apuntar en esa dirección) - , pero el derramamiento de sangre humana se considera un delito digno de la pena capital, precisamente, "porque a imagen de Dios es hecho el hombre" ( Gn 9:6); el homicidio está por ello prohibido por el sexto mandamiento de la ley de Dios, que dice: « No matarás » ( Éx 20:13). La Epístola de Santiago expresa además que no debemos siquiera maldecir a los hombres porque "están hechos a la semejanza de Dios" ( Stg 3:9)

 La condición actual del ser humano

Sin embargo, el ser humano ya no es el mismo que cuando Dios lo creó en un principio. La desobediencia del primer hombre y la primera mujer al mandamiento de su Creador, que nos relata el capítulo 3 del libro del Génesis ( cp . Gn 2:16, 17), trajo consigo la desgracia de la muerte y de la corrupción a toda la humanidad y al resto del mundo creado ( Ro 5:12; Gn 3:17-19; Ro 8:20). Con lo que se conoce como la caída de Adán se distorsionó la imagen de Dios en el ser humano, convirtiéndose éste de un cuidador de la vida y la naturaleza en el mayor depredador de sus semejantes y de toda la creación, y necesitándose sólo de los avances científicos y tecnológicos que hoy en día tenemos a nuestro alcance para darle a la vida en el planeta el golpe de gracia.

 Esta naturaleza humana caída la hereda hoy en día todo hombre y toda mujer que viene al mundo, y es lo que se conoce en términos teológicos como el "pecado original". Nacemos con la imagen del hombre caído en nosotros: la imagen del Creador distorsionada por el pecado de Adán, la cual sólo Cristo puede restaurar ( Gn 5:3; Col 1:15; 3:10; 1 Co 15:49). Aun así la Biblia sigue considerándonos portadores de la imagen divina y acreedores a una gran dignidad. Pero el ser humano ha convertido el mundo creado por Dios, y declarado "bueno en gran manera" por él ( Gn 1:31), en un campo de batalla donde pugnan los intereses egoístas, donde el fuerte se aprovecha del débil y donde hay guerras, crímenes, o - como dice Santiago - "perturbación y toda obra perversa" ( Stg 3:15).

¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? - sigue diciendo Santiago - ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis… ( Stg 4:1, 2)

 El primer hecho sangriento del que tenemos noticia después de la Caída fue el fratricidio de Caín en la persona de su hermano Abel. Y la Biblia explica que la situación del mundo no ha cambiado desde entonces; es más, el apóstol Pablo anuncia un empeoramiento del carácter humano en los últimos tiempos (2 Ti 3:1-5).

 Las guerras y la falta general de respeto por la vida no son algo coyuntural, sino el fruto permanente de la caída del hombre: el ser humano nace "pecador" - que es el término técnico - y extiende por todas partes la violencia, la disensión y la muerte. La Biblia enseña que esa violencia tampoco se solucionará con los paños calientes de una mejor educación o una mayor cultura, ni con esa supuesta evolución moral de la que pocas pruebas tenemos que se esté produciendo, sino sólo mediante el nuevo nacimiento de cada persona "de agua y del Espíritu" por la fe en Jesucristo ( Jn 3:3-6). (La promesa de Dios es que los cristianos "así como hemos traído en nosotros la imagen del hombre terrenal [Adán], traeremos también la imagen del hombre celestial [Jesús]" en el día de su segunda venida y de la resurrección de los muertos (1 Co 15:49)). Toda reflexión sobre el respeto a la vida y la promoción de la paz deberán tener en cuenta esta situación actual del género humano; de otro modo no nos esperan más que desengaños y frustraciones.

 Orden en un mundo caído: la necesidad de autoridades civiles

El apóstol Pablo se hace eco de esta realidad de la humanidad caída cuando afirma que las autoridades civiles están puestas por Dios para juzgar y castigar a los que hacen lo malo ( Ro 13:1-5). Estas autoridades, naturalmente, habrán ellas mismas de dar cuenta de cómo hayan desempeñado su responsabilidad ( Dt 16:18-20; Is 10:1-3). Las palabras de Jesús de "no resistáis al que es malo" en el Sermón del Monte ( Mt 5:39), obviamente no van dirigidas a los gobernantes y jueces de este mundo, que tienen el cometido de velar por la justicia; puesto que la autoridad civil, como dice Pablo, "no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo" ( Ro 13:4). La preservación de la vida sobre la tierra y el bien de la comunidad humana requieren el castigo del delincuente por los magistrados ( Nm 35:30-34; Dt 19:11-13). Por otra parte, el "derecho a la vida" que encontramos en la Biblia es el derecho a la vida del ser humano "inocente" (Sal 106:38), para garantizar el cual en el Antiguo Testamento existían toda clase de mecanismos que lo protegían contra los errores de la ley ( Nm 35:9-34 habla sobre las ciudades de refugio a las que podía huir el homicida que había matado a alguien involuntariamente).

 El caso del aborto

En el caso de la práctica del aborto estamos hablando de la vida de un ser humano inocente, y la Iglesia Española Reformada Episcopal se une a otros sectores de la Iglesia cristiana que reclaman la protección de esa vida humana desde el momento de su concepción; ya que si en el pasado había dudas en cuanto a cuándo comienza la vida en el interior de la madre, ahora está claro que ese momento es el de la fecundación del óvulo por el espermatozoide (otras consideraciones son más bien de carácter especulativo). Por esa misma causa, nuestra Iglesia se opone a la producción de embriones por técnicas de reproducción asistida que no sea con la finalidad de llevar a término su gestación sin que haya excedentes que tengan luego que congelarse o destruirse. Tampoco el uso o la manipulación de dichos embriones con fines terapéuticos u otros que no tengan por objeto el beneficio del propio embrión se pueden considerar más que un atentado contra la dignidad o la vida de seres humanos inocentes.

 La guerra y el respeto a la vida

Hay por otra parte valores como la justicia, la libertad o el bien de la sociedad humana que por su trascendencia tienen prioridad sobre la vida física. Muchas personas - entre ellas Jesucristo - han estado, están y seguirán estando dispuestas a morir por ciertas causas nobles. De Jesús se nos dice que "por el gozo puesto delante de él [el de salvar a la humanidad] sufrió la cruz, menospreciando el oprobio" (He 12:2). Esta clase de sacrificio nada tiene que ver con el terrorismo suicida de aquellos que están dispuestos a morir por sus ideas causando un daño intencionado a personas inocentes. La guerra, cuando se emprende para defender los valores de la libertad o la dignidad humanas, es decir en defensa propia o del desvalido - como sucedió con la II Guerra Mundial - , tiene una consideración diferente en la Biblia. En el Primer Libro de los Reyes, el rey David, ya viejo, condena el derramamiento "en tiempo de paz de la sangre de guerra » (1 R 2:5); y desde San Agustín, en los siglos IV y V de nuestra era, la Iglesia cristiana ha considerado la "guerra justa" como un concepto compatible con la doctrina de Cristo. Ni el Antiguo ni el Nuevo Testamentos denuncian la guerra librada por los motivos mencionados anteriormente, declarada por la autoridad legítimamente constituida, llevada a cabo con respeto a la vida de los civiles, proporcionada en su efecto destructor - lo cual parece excluir el conflicto nuclear o la guerra bacteriológica - , con objetivos alcanzables, y empleada como último recurso después de haberse agotado toda otra vía de solución ( Dt 20:1-20).

El pacifismo y los pacificadores

Lejos de lo que pueda parecer en un vistazo superficial, la enseñanza de Cristo no es el pacifismo o la pasividad ante el mal o el delito por parte de los gobiernos y autoridades legalmente constituidas. Jesús tuvo trato con militares ( Mt 5:8-13) y sus apóstoles también, sin que el estado castrense fuera nunca impedimento para recibir las bendiciones del Señor ( Hch 10:1-48). Juan el Bautista, preguntado por los soldados arrepentidos qué debían cambiar en sus vidas, les señaló los vicios típicos de su profesión, y les dijo: « No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario » ( Lc 3:14). La confusión viene cuando no se distingue debidamente entre las dos esferas de las que habla la Biblia: la de este mundo caído y la del reino de Dios - el cual, aunque futuro, ya está presente entre nosotros ( Mr 1:15) - . O cuando no se hace diferencia entre el plano oficial y el personal o privado.

Sin embargo, el propósito de Dios es siempre la paz. Antes de ir a la guerra, en el Antiguo Testamento, había que buscar la solución pacífica de los conflictos ( Dt 20:10), y en el Nuevo, se nos dice expresamente: "Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres" ( Ro 12:18). Por lo tanto, los gobiernos de este mundo y los seres humanos particulares harán bien en buscar soluciones o contribuir a dar salida a los conflictos por vías pacíficas siempre que esto sea posible.

 La paz de la que nos habla Jesucristo, no es sin embargo la paz como este mundo la conoce: la ausencia de guerra. Al anunciar su partida a los discípulos, les dijo: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tengáis miedo" ( Jn 14:27). La paz de Cristo es algo más que un sentimiento de tranquilidad interior - aunque también lo incluye ( Gá 5:22) - : es reconciliación real con Dios nuestro Juez (He 12:23), con los otros seres humanos y con la creación entera. Este y no otro es el contenido del evangelio de la paz: "Que Dios estaba en Cristo - dice el apóstol Pablo - reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación ... Al que no conoció pecado [esto es Cristo], por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él" (2 Co 5:15-21).

 La relación entre paz y justicia

Es imposible hablar bíblicamente de la paz sin hablar de la justicia. "La misericordia y la verdad se encontraron - dice el salmista - , la justicia y la paz se besaron" (Sal 85:10-12). O como lo expresa el profeta Isaías: "Y habitará el juicio en el desierto, y en el campo fértil morará la justicia. Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre" ( Is 32:16, 17). La paz sin justicia no es una paz sólida. Sería inútil, por ejemplo, tratar de alcanzar la paz en el País Vasco olvidando los atentados de ETA y dejando sin castigo a los terroristas; eso supondría una injusticia para los agraviados, que son quienes deben ser resarcidos, y un premio para los que hacen el mal.

 Aunque el perdón de Dios puede alcanzar a los terroristas y hacer de ellos nuevas personas si se arrepienten - ya que sólo la gracia es capaz de cambiar a un empedernido asesino en una persona respetuosa de la vida humana - , las cuentas con la justicia aún tienen que ser saldadas para que la paz descanse sobre una base firme. "Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra - dice el libro del Eclesiastés - , el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal" ( Ec 8:11). Pero aparte de su aspecto retributivo - es decir dar a cada uno lo que merece - , lo que caracteriza de veras a la justicia es su carácter distributivo: dar a cada uno lo que le pertenece, lo que es suyo, y aquí entramos en el terreno de los derechos humanos.

 Antes de nada hay que destacar que la Biblia no reconoce ningún derecho intrínseco al hombre, y mucho menos al hombre caído: "La paga del pecado es muerte - dice el apóstol Pablo - , mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús" ( Ro 6:23). Y así como en el Nuevo Testamento el Creador da a los pecadores el derecho de "ser hechos hijos de Dios" por la fe en Jesucristo ( Jn 1:12), todo otro derecho contemplado en la Biblia se nos concede, no por méritos propios, sino por la gracia o buena voluntad divina, y dichos "derechos" se ajustan al carácter de Dios.

 Así, por ejemplo, los derechos a no ser discriminados por motivos de sexo, raza o religión se basan en la Biblia, que dice que el hombre y la mujer están ambos hechos a la imagen de Dios y tienen un mismo valor en Cristo ( Gn 1:27; Gá 3:28); que las razas han sido todas creadas "de una misma sangre" o son de un mismo "linaje", siendo también reconciliadas con Dios y unas con otras a un mismo precio: la sangre de Jesús ( Hch 17:26; Ef 2:11-14; Gá 3:28); o que la verdadera religión no se fuerza sobre nadie, ya que el hombre ha sido creado libre para escoger su propio camino, aunque el no escoger a Dios le acarree graves consecuencias ( Pr 14:12). Jesús dice en el Apocalipsis: "He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo" ( Ap 3:20). La no discriminación está basada en el carácter mismo de Dios: "Porque el Señor vuestro Dios --dice el libro de Deuteronomio-- no hace acepción de personas [no tiene favoritismos] ni toma cohecho ; ... hace justicia al huérfano y a la viuda; ... ama también al extranjero dándole pan y vestido. [Vosotros] amaréis, pues, al extranjero..." ( Dt 10:17-19). La xenofobia que está surgiendo en Francia, Holanda e incluso España es, pues, un verdadero atentado contra los derechos del hombre dados por Dios, y por lo tanto una verdadera violación de la justicia distributiva. Y lo mismo podemos decir de la falta de libertad religiosa en ciertos países del mundo como Arabia Saudí o China ..

Hay, sin embargo otros "derechos" que no son derechos según la Biblia, ya que no los ha concedido Dios, y no están de acuerdo ni con su carácter ni con los propósitos para los cuales han sido creados los seres humanos: como el derecho a disponer de la propia vida mediante la eutanasia o el suicidio. ¡El derecho del ser humano en casos de sufrimiento o incapacidad es recibir tanto más cuidado de parte de la familia y la sociedad en su conjunto! Por lo tanto la verdadera eutanasia o "buena muerte" consiste en darle a esta persona lo que le pertenece como imagen de Dios: una atención integral - médica, psicológica, social y espiritual - , como hacen los llamados " hospices " en el mundo anglosajón, hasta el momento de su muerte. Esta atención al paciente terminal se conoce como "cuidados paliativos" en el lenguaje médico-sanitario, y es una asignatura pendiente todavía en nuestro país. No es en vano que Jesús se identifica con la persona humana que sufre o padece necesidad - "En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" ( Mt 25:40) - , ya que él es "la imagen del Dios invisible", nos dice Colosenses 1:15. La dignidad del ser humano como imagen y semejanza de Dios requiere actuaciones muy distintas de las que están exigiendo hoy en día los partidarios de la eutanasia o respaldando las legislaciones de Holanda y Bélgica en cuanto a esta práctica.

CONCLUSIÓN:

Concluimos resumiendo lo dicho en algunos puntos esenciales:

1. Dios es el Dador y Señor de la vida, y por lo tanto el único que la puede quitar; menos en aquellos casos en los que él explícitamente ha delegado tal cosa en los seres humanos.

2. La vida humana debe ser protegida y fomentada desde el momento de la concepción hasta la muerte, rodeándola de todo el cuidado que merece por estar hecha a la imagen y semejanza de Dios.

3. La paz es el propósito de Dios para la humanidad y la creación ( Is 11:1-9). A fin de conseguir esa paz, Cristo entregó su vida, y esa paz se extiende hoy en día mediante la predicación del evangelio, como adelanto del reino venidero del Príncipe de Paz: Jesús ( Is 9:6).

4. Dada la situación del mundo y del hombre como consecuencia de la caída de Adán, a veces se hace necesario dar prioridad a valores como la justicia, la libertad o el bien general sobre el respeto a la vida o la paz, en aras a una paz más sólida y duradera.

5. El valor de la vida humana lo da el precio que Jesucristo tuvo que pagar por nuestra salvación, a fin de que pudiéramos formar parte de su reino eterno de paz y de justicia.

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EL BAUTISMO DE LOS CREYENTES - Y DE SUS HIJOS

¿Es necesario el bautismo?

Como bien se sabe los cuáqueros y miembros del Ejército de Salvación rechazan tanto el sacramento del bautismo como el de la Santa Cena. Pero parece que hoy en día aumenta el número de personas que dicen: «Conozco al Señor, ¿para qué necesito los ritos externos como el bautismo?» Esta es una pregunta justa, y merece una respuesta clara. Para mí, la respuesta parece tener por lo menos tres partes.

El mandamiento de Cristo

En primer lugar, tenemos que considerar el mandamiento claro y conciso de Jesús mismo. El bautismo formaba parte de Su encargo final a los discípulos antes de Su partida. No sólo les prometió Su poder y presencia segura, sino que los envió con la gran comisión: « Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» ( Mt 28.19). ¡Extraña forma de obedecer Sus mandamientos si rechazamos el de bautizar que contiene esta misma frase! El mismo mandamiento aparece al final del Evangelio de Marcos, donde Jesús dice: « Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado» ( Mr 16.15). Si afirmamos de alguna manera a Jesús como nuestro Señor, necesitamos ser bautizados en obediencia.

El sello de la iglesia

En segundo lugar, el bautismo es el sello de la comunidad cristiana. Con pocas excepciones, se ha practicado universalmente entre los cristianos desde siempre. En el Nuevo Testamento el bautismo se da por sentado. En el día de Pentecostés, tres mil personas oyeron, creyeron y fueron bautizadas, sumándose al Señor y a la comunidad naciente de la iglesia ( Hch 2.38, 41, 47) . Así continuó durante todo el Nuevo Testamento. La conversión a Cristo les llevó a la comunidad de Cristo: la iglesia. Dicha comunidad tenía y tiene aún un solo sello de afiliación que es el bautismo. La iglesia neotestamentaria desconoce al creyente sin bautizar. Por supuesto que habrá extrañas excepciones, como la del ladrón moribundo que no tuvo tiempo ni oportunidad de ser bautizado. Pero no se puede uno refugiar en el argumento racionalista de «Soy justificado por la fe en Cristo, no tengo por qué bautizarme». El bautismo es el sacramento de la justificación por la fe. A Romanos 5 - que habla de la justificación por la fe en Cristo - le sucede el capítulo 6, que trata de nuestra unión con Él en Su muerte y resurrección por el bautismo (6.1-4) . En Gálatas 3, versículos 24 al 27, la justificación por la fe, el llegar a ser «hijos de Dios» y el ser «bautizados en Cristo» se citan como descripciones alternativas e intercambiables de la iniciación cristiana. La misma idea surge en el clamor de Pablo a los corintios a favor de la unidad cristiana. ¿Cómo pueden ellos decir «Yo soy de Pablo» o «Yo de Apolos », cuando Cristo es quien fue crucificado por ellos, predicado a ellos y a quien ellos fueron incorporados por medio del bautismo? (1 Co 1.12ss)

El poder del sacramento

La tercera razón por la que el bautismo es necesario para el creyente es aún más poderosa: nos injerta tanto en Cristo como en la iglesia cristiana. Debemos resistir la tendencia, tan común entre los bautistas pero no limitada a ellos, de considerar el bautismo principalmente como un testimonio de la conversión. En el Nuevo Testamento éste se identifica con mayor claridad como un instrumento de la conversión. Uno no es cristiano hasta que se bautiza. Mirando a los tres mil d el día de Pentecostés, la conversión de Pablo, la del eunuco etíope, aquella de los samaritanos, la de los doce efesios en Hechos 19, o la de Cornelio o el carcelero filipense, los casos son uniformes: el bautismo forma parte de la evangelización, no es un testimonio posterior de ella. Las iglesias neotestamentarias no tenían un período de prueba para los que quisieran obtener el bautismo. Se arrepentían, creían y se bautizaban. La iglesia ensancha sus fronteras mediante el bautismo. No se trata ni de un testimonio ni de un premio: es una iniciación , y en el Nuevo Testamento esta idea se enfatiza una y otra vez. Así los autores del Nuevo Testamento usaban un lenguaje fuertemente instrumental al hablar del bautismo: un lenguaje que incomoda bastante a muchos cristianos evangélicos enseñados para considerar el bautismo como un testimonio de la fe. Pero miremos la fuerza de estas citas. Por el bautismo uno entra «en el nombre» de la Trinidad ( Mt 28.19); por el bautismo uno nace de nuevo ( Jn 3.5); por el bautismo uno es sepultado en la muerte de Cristo y resucita con Él ( Ro 6.3ss; Col 2.12); por el bautismo uno se incorpora al Cuerpo de Cristo que es la iglesia (1 Co 12.13) . Varias de estas citas mencionan al Espíritu Santo (el agente divino) y la fe (el agente humano), pero hay un aspecto instrumental innegable en el bautismo con el que los católicos han estado más que contentos, pero que ha incomodado bastante a los evangélicos. ¡No hay por que incomodarse! El bautismo, la justificación por la fe, el llegar a ser hijos de Dios y la regeneración son distintos aspectos del comienzo de la vida cristiana, y su señal y sello es el bautismo. Que nadie lo menosprecie.

Está claro que el bautismo no es invariablemente eficaz. No lo fue con Simón el mago ( Hch 8.13, 21ss), ni con muchos de los corintios (1 Co 10.1-6). Tampoco lo es hoy para muchas personas si ha perdido toda relación con el principio de la vida cristiana y se trata como un talismán o una conveniencia social. Hay condiciones para su eficacia: por nuestra parte el arrepentimiento y la fe; y el don del Espíritu Santo por parte de Dios. El bautismo es eficaz para incorporar a las personas a la iglesia cristiana y a Cristo, pero su eficacia no es incondicional. Esta enseñanza se ve claramente en el Nuevo Testamento. Por eso no se debe, ni dotar de poderes mágicos a este sacramento que Jesús nos dejó para señalar nuestra iniciación y afirmar nuestra afiliación, ni devaluarlo. En los momentos en que nuestra fe se hunde entre dudas, podemos animarnos: Dios ha actuado de forma decisiva - y física - por nosotros en Cristo. Hemos sido bautizados en Él y le pertenecemos, por muy mal que nos sintamos en un momento dado.

El bautismo de los creyentes

Muy bien: el bautismo forma parte necesaria de la iniciación cristiana. Pero, ¿a quién debe bautizarse? En el Nuevo Testamento está claro que los creyentes adultos han de ser bautizados al llegar a la fe en Cristo, y hay buenas razones para hacerlo enseguida, a fin de que la instrumentalidad del bautismo no se pierda de vista convirtiéndose éste en el testimonio de alguna otra cosa. En Infant Baptism Under Cross- Examination (Un debate sobre el bautismo infantil), que es una discusión entre el bautista David Pawson y el anglicano Colin Buchanan, este último repite un argumento poderoso anteriormente planteado en el libro: «Las iglesias neotestamentarias no tenían catecumenado, ni un período de prueba, ni un cursillo que hacer antes de que los adultos fueran admitidos al bautismo; se los admitía en el momento de profesar la fe en Jesús como su Señor» (p. 20). Esto es así en todos los casos citados en el Nuevo Testamento, y supone un principio muy importante. Da su lugar a la instrumentalidad del bautismo, y significa que los que han entrado en el pacto no tienen por que esperar para recibir su señal y sello.

En nuestra congregación anglicana de Oxford se ven muchas conversiones de adultos cada año, y hay muchos bautismos. El nuevo converso se apunta enseguida a un grupo de discipulado, y es bautizado lo antes posible. Buchanan sugiere en su libro, en tono de broma, que Billy Graham debería alquilar, junto con el estadio de Wembley , la piscina Empire para sus cruzadas. No existe precedente bíblico alguno para hacer que la gente salga adelante al final de la predicación, ni para levantar la mano o recibir un folleto. Pero hay muchas evidencias bíblicas de que en la época apostólica la gente se bautizaba enseguida, lo cual nos ayuda a comprender el significado del lenguaje instrumental cuando se habla del bautismo. Se lo considera algo generalmente efectivo.

Sin embargo, no lo es invariable ni incondicionalmente, como sugieren algunos sacramentalistas extremos. Resulta interesante que en la famosa disputa de Gorham con el obispo de Éxeter , a mediados del siglo XIX, en torno a la regeneración invariable de los niños en el bautismo, Gorham tomara como punto de partida el hecho de que no todos los adultos bautizados son regenerados, aunque pasen por el rito que dice efectuar tal cosa. A pesar de que la eficacia del bautismo no es automática, éste dista mucho de ser un mero testimonio o símbolo exterior. Normalmente se considera que efectúa lo que proclama: esto es, el nuevo nacimiento del candidato. Este lenguaje realista es más fácil de comprender porque el bautismo se solía administrar inmediatamente después de la profesión de fe. De manera que el arrepentimiento, la fe y el bautismo iban de la mano, y el candidato se convertía en miembro de la nueva sociedad: la iglesia.

Por tanto no hay problema con el bautismo de adultos. Como Abraham, éstos responden a la gracia de Dios que se les ofrece en el Evangelio, y reciben el sello del pacto que les une al Señor. Más tarde la iglesia instituyó un período de prueba antes del bautismo y después de la profesión adulta de fe, y muchos discuten a favor y en contra de ello. Ya he expresado mi propia preferencia y práctica. Los demás pueden hacer como les parezca bien; no importa mucho.

Lo que sí importa es saber si debemos permitir el bautismo de otras personas además de los creyentes adultos. ¿Es el bautismo de niños pequeños apropiado? Esto constituye un debate candente hoy en día, y en ciertos círculos lo ha sido desde la Reforma. Los niños pequeños no pueden arrepentirse ni creer; entonces, ¿cómo se justifica el bautismo infantil?

El bautismo infantil

¿Debe bautizarse a los niños?

Para los bautistas, los hermanos abiertos y muchas de las «iglesias caseras» del Reino Unido, así como para el número cada vez mayor de iglesias independientes en otros países, no hay motivos adecuados para el bautismo infantil. Éste es un escándalo que da lugar a un nominalismo grosero y vacuna a la gente contra el evangelio; haciéndoles creer que son cristianos cuando tal vez no lo sean en absoluto.

Por otra parte, la inmensa mayoría de las Iglesias cristianas sí bautizan a los hijos de los creyentes. Los católicos romanos y los ortodoxos; los presbiterianos, metodistas, anglicanos y hermanos cerrados; los luteranos y los calvinistas... todos ellos bautizan a los hijos de sus miembros. Puede que se equivoquen todos, pero deben tener alguna razón para hacerlo. ¿Cuál será?

Hay por lo menos siete consideraciones que han persuadido a muchas Iglesias a lo largo de los siglos a bautizar a los hijos de los creyentes. Los argumentos son de distinto peso, pero en conjunto presentan un caso formidable. Ningún texto resulta decisivo. En la Biblia no se nos manda bautizar a los niños pequeños, como hacen la mayoría de iglesias, ni tampoco dedicarlos al Señor, como hacen los bautistas. Dejemos a un lado el prejuicio, y examinemos las evidencias que han llevado a la mayoría de Iglesias (aparte de los bautistas, que surgieron en el siglo XVI, los hermanos abiertos, que empezaron en el siglo XIX, y las «iglesias caseras», que tuvieron su origen a mediados del siglo XX) a extender el bautismo a los niños.

1. 1. 1. En la iglesia del Antiguo Testamento se admitía a los niños. Hemos visto que Dios hace pactos. Todos brotan de Su gracia, y deben ser asidos por la fe y la obediencia humanas. El pacto de Dios con Abraham se hizo normativo para todo el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. La respuesta adulta del patriarca a la gracia de Dios fue sellada con la circuncisión, la señal del pacto, como sucede también con el bautismo del creyente. Pero las cosas no se quedaron allí. Isaac nació en la comunidad del pacto, y recibió la señal de la circuncisión mucho antes de poder dar ninguna respuesta a la gracia divina: « Circuncidó Abraham a su hijo Isaac a los ocho días, como Dios le había mandado» ( Gn 21.4). Esta circuncisión infantil no suponía ninguna aberración ocasional ni una excepción a la norma de la circuncisión de adultos. Formaba parte del propósito de Dios para la familia. Se trataba de un mandamiento específico, parte original y esencial del pacto que Dios había hecho con Abraham antes de nacer Isaac, el hijo de la promesa.

Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Todo varón de entre vosotros será circuncidado. Circuncidaréis la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros. A los ocho días de edad será circuncidado todo varón entre vosotros, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado por dinero a cualquier extranjero que no sea de tu linaje. Debe ser circuncidado el nacido en tu casa y el comprado por tu dinero, de modo que mi pacto esté en vuestra carne por pacto perpetuo. El incircunciso, aquel a quien no se le haya cortado la carne del prepucio, será eliminado de su pueblo por haber violado mi pacto. ( Gn 17.10-14)

Esto es bastante fuerte. Nos dice que el niño que nace en un hogar creyente tiene derecho a la señal de afiliación, aun cuando sea demasiado pequeño para cumplir con las condiciones del pacto original. Nos dice que, para los niños, esta posición forma parte de la voluntad expresa de Dios. Nos dice que la fe del cabeza de familia tiene gran significado para toda su casa y para los demás que, por una u otra razón, se han cobijado bajo su techo. Nos dice que negarse a otorgar la señal del pacto a los niños nacidos en ese pacto es una falta muy grave.

Todo esto resulta muy pertinente para el bautismo de los niños y su recepción en la iglesia neotestamentaria . Aunque para Abraham la circuncisión fuera la señal o el sello de su fe ( Ro 4.11), dicha señal o sello se aplicó, por mandamiento específico de Dios, a Isaac y otros como él nacidos en la casa de Abraham pero todavía incapaces de tener fe. Se los circuncidaba simplemente porque, dentro del plan y el propósito de la gracia de Dios, habían nacido en un hogar creyente. Por tanto no resulta sorprendente que Pedro, cuando exhorta a sus oyentes a bautizarse en el día de Pentecostés, diga : «Para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos.» «Así que - sigue diciendo la Escritura - , los que recibieron su palabra fueron bautizados» ( Hch 2.39ss).

En la iglesia del Antiguo Testamento se admitía a los niños. ¿Deben éstos excluirse de la del Nuevo? ¿Se ha vuelto Dios menos misericordioso con el paso de los años? ¿Deben los niños estar peor bajo en Nuevo Pacto que bajo el Antiguo? ¿Consta la iglesia sólo de adultos en edad de consentimiento? Podemos estar bastante seguros de una cosa: un judío que se hiciera cristiano, realizando así plenamente su judaísmo, se asombraría de oír que sus hijos no debían recibir la señal del pacto. Diría: «Si pueden recibir la circuncisión, ¿por qué no el bautismo? Si fueron acogidos en la iglesia del Antiguo Testamento, ¿por qué no en la del Nuevo?»

2. 2. 2. Al convertirse al judaísmo toda la familia de los prosélitos era bautizada. Cuando una familia de trasfondo pagano se convertía al judaísmo, ocurrían tres cosas: el cabeza de familia ofrecía sacrificios, los varones eran circuncidados, y todos - todos - se bautizaban. Se sentaban en un baño y eran bautizados, «lavando las impurezas gentiles». El bautismo de los prosélitos existía antes de la época cristiana. Se nos dice de los fariseos que recorrían « mar y tierra para hacer un prosélito» ( Mt 23.15). No cabe duda de que el bautismo de los prosélitos influyó en el bautismo cristiano, a pesar de las enormes diferencias que había entre ellos. El lenguaje que usaban los rabinos al hablar del prosélito recién bautizado resulta instructivo. Éste es «como un niño recién nacido», «una nueva creación», «levantado de entre los muertos», «renacido». Sus «pecados le son perdonados». Ahora es «santo para el Señor». El profesor Jeremias , que da detalles fascinantes de este asunto en su libro Infant Baptism in the First Four Centuries (El bautismo infantil en los primeros cuatro siglos), concluye su esmerada comparación del lenguaje utilizado pare el prosélito y en el bautismo cristiano con esta observación:

Es digno de notar que en estas correspondencias no sólo hay puntos de contacto individuales, sino que toda la terminología de la teología judía de la conversión en conexión con el bautismo de los prosélitos surge de nuevo en la teología primitiva del bautismo cristiano. Que sea mera casualidad resulta inconcebible; la única conclusión posible es que los ritos están tan relacionados como padre e hijo. (p. 36)

Más adelante, el autor demuestra que no sólo en el lenguaje empleado sino también en los actos prescritos hay un vínculo muy estrecho entre el bautismo de los prosélitos y el bautismo cristiano. En ambos casos se prefería la inmersión; se hacía confesión de pecados si el candidato era de suficiente edad; e incluso ritos tales como que las mujeres se soltaran el cabello y dejaran los adornos a un lado, eran comunes tanto en el bautismo de los prosélitos como en el bautismo cristiano. Esto no debe sorprendernos. El único modelo que tenían los primeros cristianos para la práctica del bautismo era el bautismo de los prosélitos, la cual conocían muy bien. Siendo así, ¿no sería impensable para ellos excluir a los niños del bautismo? Los más pequeños pasaban por el baño del prosélito, incluso a veces el mismo día de nacer. Y de hecho los niños eran admitidos al bautismo cuando uno solo de sus progenitores se convertía a la fe judía. Es difícil suponer que los bebés se vieran excluidos del bautismo cristiano, que tanto debía al bautismo de los prosélitos.

Los judíos tenían gran estima por la familia. Tanto en el caso de la circuncisión como del bautismo de los prosélitos, el papel de la familia entera era bastante significativo. Estaba muy arraigado en su vida religiosa. Para frenarlo habría hecho falta un claro mandamiento de Jesús, y no podemos encontrar ninguno.

Normalmente sospecho de los argumentos basados en el silencio; pero cuando Jesús - el cumplidor del judaísmo - vino a un pueblo que durante miles de años había admitido a los niños judíos al pacto por el mandamiento expreso de Dios a Abraham - su fundador - , y cuando durante mucho tiempo habían admitido a los hijos de los gentiles conversos, bautizándolos junto a toda la familia, entonces el argumento basado en el silencio se hace formidable. ¿Resulta coherente que si Jesús hubiera querido cambiar este procedimiento milenario, no hubiese dado algún indicio de que en el futuro a los niños debía tratárselos de forma diferente? ¿No habría dicho en la Gran Comisión: « Id y haced discípulos de todas las naciones, pero aseguraos de bautizar sólo a los creyentes adultos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo»?

3. 3. 3. En la época neotestamentaria se bautizaba a familias enteras. Leemos del bautismo de la familia de Lidia ( Hch 16.15), de la casa del carcelero de Filipos (16.33), de la familia de Cornelio (11.4) y la de Estéfanas (1 Co 1.16) . Estas citas, introducidas sin disimulo ni complejo alguno en la narrativa del Nuevo Testamento, a menudo crean incomodidad en círculos bautistas. ¡Éstos esperan que no hubiera niños pequeños en las familias en cuestión! Pero eso sería dejar de dar el peso debido, no solamente a la práctica de la circuncisión infantil y del bautismo de los niños prosélitos, sino también a toda la solidaridad familiar en el mundo antiguo. Hoy en día estamos tan enamorados del individualismo que nos cuesta apreciar esta idea. Pero en el mundo antiguo, cuando actuaba el cabeza de familia, lo hacía en nombre de todos. Ellos le seguían adonde fuera. En toda la Biblia vemos como Dios trata con las familias: Abraham y su familia, Noé y su familia, etc. Tal vez sólo el cabeza de familia expresara su fe, pero toda la familia recibía el sello de afiliación. El carcelero de Filipos es un buen ejemplo de ello. Les pregunta a Pablo y Silas : « Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: - Cree [singular] en el Señor Jesucristo, y serás [singular] salvo tú y tu casa ... [Y] él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas, y en seguida se bautizó con todos los suyos... y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios» ( Hch 16.30, énfasis del autor). Tan fuerte es la solidaridad de la familia que la conversión y el bautismo del padre dan pie para el bautismo de toda su casa. Dicha solidaridad los lleva a todos al pacto. Tal vez sea esto lo que significa ese versículo tan debatido de 1 Corintios 7.14; pero no pienso utilizarlo, porque en esa cita que declara «santos» a los hijos de los creyentes no se menciona el bautismo como tal.

Como en todo lo demás, la solidaridad de la familia en el bautismo es la consideración decisiva. Por supuesto que ello no significa que todos los miembros de la familia en cuestión fueron salvos. Ni la teología ni la experiencia sugiere tal cosa, pero sí significa que todos los miembros de la familia del creyente tenían el derecho al sello del pacto hasta decidirse por su cuenta a responder o no al Dios que había tomado la iniciativa y les tendía la rama de olivo de la reconciliación. Le honra a Kurt Aland , distinguido teólogo bautista, el admitir que «la casa se salva al salvarse el cabeza de familia» ( Did the Early Church Baptise Infants ? [¿Bautizaba a los niños la iglesia primitiva?], p. 91).

Esta evaluación positiva de los niños proviene de Jesús mismo. De ahí la cuarta consideración sobre el bautismo infantil.

4. 4. 4. Jesús aceptaba y bendecía a los niños demasiado pequeños para responder. En Marcos 10.2-16 y paralelos encontramos un relato muy instructivo que demuestra la actitud de Jesús hacia los niños. Probablemente ocurrió la víspera del Día de la Expiación, porque en aquella tarde, según los rabinos ( Sopherim 18.5), era costumbre que los judíos piadosos llevaran a sus hijos a los escribas para recibir la imposición de manos y una bendición, a fin de que algún día «alcanzaran el conocimiento de la Ley y las buenas obras». Aparentemente algunos padres acudieron a Jesús buscando Su bendición - tal vez porque esos padres consideraban a Jesús igual que los escribas - , y los discípulos les mandaron marcharse. Jesús entonces se indignó (la palabra griega eganaktesen es muy fuerte, y no se usa en ningún otro sitio para describir las reacciones de Jesús), y les dijo : « Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, ponía las manos sobre ellos y los bendecía» ( Mr 10.14).

A primera vista esta cita no tiene nada que ver con el bautismo. Sin embargo a partir del siglo II se utilizó para justificar el bautismo infantil. Tertuliano demuestra que se interpretaba así en su época ( De baptismo 18.5) y las Constituciones apostólicas (6.15 ) basan la práctica del bautismo infantil en las palabras « no se lo impidáis » (frase muy trillada en las discusiones del bautismo - «impedir» se convirtió en un sinónimo técnico de negar el bautismo). Sea como fuere, no hay una aplicación específica de estas palabras al bautismo infantil en el Evangelio. Ni era de esperar que así fuese. A fin de cuentas, el bautismo cristiano no había empezado en ese momento. Más importante es lo que la cita revela sobre la actitud de Jesús hacia los niños: nótese que se trataba de niños pequeños; los evangelistas enfatizan este hecho. Marcos usa la palabra paidion , diminutivo de la palabra «niño». Y Lucas utiliza brephos , término que originalmente significaba «embrión» y que llegó a usarse para hablar de un recién nacido. ¿Cómo actúo Jesús con estos pequeñitos? Esta cita deja tres cosas bien claras.

Primero, que Jesús ama a los niños: los acoge y riñe a aquellos que quieren alejarlos de Él.

Segundo, que Jesús está dispuesto a bendecir a los niños incluso cuando son demasiado pequeños para poder comprender nada.

Tercero, que los niños pequeños pueden recibir la bendición de Jesús. ¿Acaso alguien duda de que cuando Él los bendecía, eran verdaderamente bendecidos?

Siendo así, si los niños eran objetos del amor de Jesús, si los llevaban a Él para recibir Su bendición cuando eran demasiado pequeñitos para comprender nada, y si podían recibirla, no resulta sorprendente que esta cita se aplicara más tarde al bautismo, y que se hiciera normal llevar a los niños al pacto de la gracia desde el principio mismo de su vida.

Antes de dejar este pasaje fascinante, notemos que Jesús no sólo bendijo a los niños, sino que los puso de modelo para todos los creyentes. Hay que volverse como un niño indefenso y confiado en los brazos de Jesús si uno quiere aprovechar el Día de la Expiación y entrar en el reino de Dios. ¡Lejos de ser excepciones a la membresía normal del Reino, los pequeñitos nos enseñan el camino!

5. 5. 5. A lo largo de su historia la iglesia ha bautizado a los niños. Resulta evidente que la práctica establecida de la iglesia subapostólica era bautizar a los niños de hogares cristianos. Sobre el 215 d.C., en un documento que lleva el significativo título de La tradición apostólica, el teólogo romano Hipólito hace una referencia muy natural al bautismo infantil. De hecho lo menciona como una «regla incuestionada ». «Primero - dice - se debe bautizar a los pequeños. Todos los que pueden hablar por sí mismos deben hablar. Pero por los que no pueden hablar, sus padres o algún otro miembro de su familia debe hacerlo.» Luego se bautizaba a los varones adultos y después a las mujeres ( La tradición apostólica, 21) La liturgia establecida por Hipólito para el bautismo tuvo una amplia circulación, fue traducida a varios idiomas, y marcó la pauta durante más de mil años.

No disponemos de muchas evidencias explícitas anteriores a Hipólito; principalmente porque no se hacen muchas referencias al bautismo en la literatura que nos queda del siglo II, y las que hay no siempre especifican si se trata del bautismo infantil o de adultos. Sin embargo, éstas parecen apoyar la aceptación incuestionada del bautismo infantil. Policarpo mismo (c. 69-155 d.C.), que parece haber sido hijo de creyentes, declaró en el momento de su martirio: «He servido al Señor durante ochenta y seis años, y Él nunca me hizo ningún mal...» Esto nos llevaría al año 70 d.C., en el apogeo del avance de la joven iglesia todavía en vida de los apóstoles. Parece casi increíble que Policarpo quisiera dar a entender que había sido bautizado como creyente a los doce o catorce años, con edad suficiente para tomar una decisión adulta por Cristo. De haber sido así, habría muerto de cien años. En aquella época no muchas personas alcanzaban esa edad, y de conseguirlo, suponía un hecho sonado. No, casi con toda certeza Policarpo fue bautizado de pequeño: ochenta y seis años antes de su martirio.

El caso de Orígenes era parecido. Por tres veces menciona el bautismo infantil como una costumbre de la iglesia, y en su Comentario sobre Romanos 6.5-7 dice: «Por esta razón la iglesia recibió de los apóstoles la tradición de bautizar también a los niños». Padre erudito de la iglesia, Orígenes nació en 185 d.C., en el seno de una familia cristiana, y si opina que el bautismo infantil era una práctica apostólica, seguramente él también habría sido bautizado de pequeño. ¿De dónde habían sacado sus padres la idea? Esta clase de preguntas nos llevan al primer siglo cristiano.

Otro gran maestro de la iglesia primitiva, Ireneo (130-200 d.C.), habla igual de clara y relajadamente de esta costumbre. Dice que Jesús vino para salvar a todos aquellos que por Él nacen de nuevo para Dios: bebés, niños, jóvenes y mayores. Pasó por todas las edades, haciéndose un bebé para los bebés, santificando así a los bebés, etc. ( Adv. Haer . 2.22:4). Y Justino (100-165 d.C.), uno de los autores cristianos más antiguos que ha dejado una literatura sustancial, menciona a «muchos hombres y mujeres de sesenta y setenta años de edad que fueron hechos discípulos de Cristo [nótese la voz pasiva, emathêteuthêsan ] desde su niñez» ( 1 Apol . 15.6) Esta es una clara alusión al bautismo a una edad muy temprana.

Se trata de un cuadro claro y uniforme: los creyentes primitivos bautizaban a los niños, y consideraban esto una práctica apostólica. Creo que una sola voz se levanta contra esta práctica en los primeros 1.500 años de la historia de la iglesia: la de Tertuliano (160-200 d.C.). Por supuesto que ello no quiere decir que no existieran movimientos reformadores en la iglesia durante ese tiempo. Desde luego que sí. El montanismo en el siglo II, el donatismo en el IV, los franciscanos, husitas y seguidores de Wycliffe al final de la Edad Media, todos prepararon el camino de la Reforma. Y todos, de una u otra manera, atacaban los errores de la iglesia institucional; pero no cuestionaron la validez de bautizar a los hijos de los creyentes.

Tertuliano sí lo hizo. Vivía en el norte de África, y en su tratado De baptismo , escrito en 205 d.C., expresó sus dudas sobre el bautismo infantil. Resulta muy interesante que no usa lo que sería un argumento contundente en contra: el hecho de que el bautismo infantil no se derivaba de los apóstoles. No puede hacerlo, porque bien sabe que no es una novedad en la iglesia. En su lugar, argumenta que el bautismo de los más pequeños, excepto en caso de grave necesidad, impone una responsabilidad excesiva a los padrinos; podrían morirse y así no ser capaces de cumplir con sus obligaciones, ¡o podrían aparecer algunas tendencias indeseables en los niños! Él recomienda posponer el bautismo. Y lo mismo aconseja para los jóvenes solteros y las viudas: que esperen «hasta casarse o decidirse a favor de la continencia». Tertuliano no pone en tela de juicio la legitimidad del bautismo para ellos, sino su conveniencia. La conclusión a la que llega es Cunctatio baptismi utilior : demorar el bautismo resulta más beneficioso ( op . cit ., 18). Diez años después, al escribir De anima , Tertuliano acepta de buen grado el bautismo de los niños pequeños, incluso cuando uno de los progenitores no sea creyente, basándose en una combinación de 1 Corintios 7.14 y Juan 3.5 ( op . cit ., 39).

Esta curiosa incoherencia en el trato del bautismo infantil tal vez se explique mejor por lo siguiente: Tertuliano parece aseverar la universalidad del bautismo infantil, pero en De baptismo refleja la creciente tendencia a desear una «iglesia pura», la cual dio lugar a un largo catecumenado para adultos - ¡quienes a menudo dejaban el bautismo para su lecho de muerte! - . Colin Buchanan observa con perspicacia: «Un catecumenado o largo período de prueba antes del bautismo de adultos conlleva una reacción en contra del bautismo infantil; y la forma apostólica de realizar el bautismo de adultos (esto es, inmediatamente después de la profesión de fe) acepta de buen grado el bautismo infantil.» En todo caso, esta incoherencia existe evidentemente en las obras de Tertuliano, pero él parece haber sido la única voz que se levantó en contra del bautismo infantil. Cualesquiera que fuesen las dudas que Tertuliano tenía sobre la conveniencia de bautizar a los más pequeños, las mujeres núbiles y las viudas antes de que probaran ser dignos de ello, estas dudas no hicieron mella alguna en la iglesia norteafricana a la que él pertenecía. Varios años después, en el Sínodo de Cartago, sesenta y siete obispos de toda el África cristiana decidieron unánimemente no posponer el bautismo hasta el octavo día de vida, como en el caso de la circuncisión, sino bautizar inmediatamente después del nacimiento; tan seguros estaban estos líderes primitivos de que el bautismo infantil reflejaba la voluntad de Dios expuesta en el Antiguo Testamento y en la actitud de Jesús.

Antes de dejar el tema de la historia eclesiástica, hay otro asunto importante. Supongamos que la iglesia del siglo II hubiera cambiado las reglas, limitando el bautismo a los que están plenamente conscientes de sus actos; ¿no habríamos oído algo sobre ello? Cuando a mediados del siglo I la iglesia gentil no vio la necesidad de insistir en la circuncisión y guardar la Ley como condiciones de entrada en la familia de Dios, hubo un debate tremendo que ha dejado huella no solamente en Hechos 15 sino en muchos otros lugares del Nuevo Testamento. El eco de dicho debate fue enorme. ¿Debemos suponer que un cambio de iguales - si no mayores - proporciones ocurrió al principio del siglo II sin que se haga referencia alguna a ello en la literatura que nos ha llegado? Esto sería forzar demasiado la credulidad. Las evidencias sugieren que la iglesia apostólica bautizaba a los hijos de sus miembros en su más tierna infancia, y que esta práctica continuó en todo el período de la iglesia unida hasta la protesta de los anabaptistas durante la Reforma.

6. 6. 6. El bautismo infantil enfatiza la objetividad del evangelio. El mismo señala el sólido logro de Cristo crucificado y resucitado, respondamos nosotros a él o no lo hagamos. El bautismo es el sacramento de nuestra adopción, absolución y justificación. No sacamos ningún provecho del mismo si no hacemos lo que éste presupone: esto es, arrepentirnos y creer. Pero constituye la demostración permanente de que la salvación no depende de nuestra fe personal tan falible, sino de lo que Dios ha hecho por nosotros. El bautismo infantil nos recuerda que no nos salvamos por nuestra fe, sino por el acto misericordioso de Dios a nuestro favor, el cual resiste venga lo que venga. Este es un énfasis muy importante. Martín Lutero , el gran abogado y casi descubridor de las bendiciones de la justificación por la fe, se veía acosado por terribles dudas; y en tales momentos no decía: «He creído.» - estaba demasiado inseguro de su fe para hacerlo - ; sino que decía: «He sido bautizado» (¡y además, de pequeño!). El bautismo simbolizaba lo que Dios había hecho a su favor para que fuera acepto en el Amado. Era algo saludablemente objetivo. En nuestra época, en la que tan a menudo se toman equivocadamente los sentimientos como barómetro del bienestar espiritual, podemos muy bien aprender de Lutero .

7. 7. 7. El bautismo infantil destaca la iniciativa de Dios en la salvación. Todos concuerdan en que el bautismo es el sello del pacto entre la gracia de Dios y nuestra respuesta, pero hay que administrar este sacramento en algún momento. ¿Debe acoplarse principalmente a la respuesta humana, o a la iniciativa divina? He aquí el meollo de la cuestión. Aquí es donde los paedobautistas (los que bautizan a los niños) y los bautistas se separan. La denominación bautista cree que uno no debe ser bautizado hasta que crea, porque asocian el sello del pacto principalmente a la respuesta humana. La postura de los paedobautistas , que ha sido la principal del pensamiento cristiano, es distinta. Sí, la respuesta es de vital importancia, y hay que dejar sitio para ella en algún acto sacramental como la confirmación. Pero el bautismo es la señal suprema del amor de Dios para con nosotros, anterior a nuestra respuesta y lo que la provoca. Para el bautista, el bautismo testifica principalmente de lo que hacemos en respuesta a la gracia de Dios. Para el paedobaptista , habla principalmente de lo que Dios ha hecho para que todo sea posible.

Una carta sobre el bautismo infantil: la teología

Hace poco recibí una carta de cierto miembro de mi congregación que sabía que estaba escribiendo este libro. Decía lo siguiente:

He llegado a comprender que el bautismo es la señal de lo que Dios ha hecho y hará, en lugar de lo que nosotros hacemos. Es principalmente un testimonio de las promesas de Dios en el evangelio, en vez de un testimonio de nuestra fe. Esto me ha ayudado a ver la unidad del bautismo cristiano sin importar la edad del candidato.

Tengo la impresión de que los creyentes que aceptan el bautismo infantil sin comprender esto realmente lo consideran como algo distinto del bautismo de adultos, con el cual comparte sólo el nombre. Al aceptar la perspectiva bautista del bautismo de adultos como principalmente una profesión pública de fe y un acto de obediencia, les cuesta justificar el bautismo infantil (en lugar de la dedicación de los pequeños) excepto como simplemente parte de la tradición o un sacramentalismo extremo.

Esta clase de paedobautista realmente está de acuerdo con sus hermanos bautistas en que lo que ocurre en los dos casos es esencialmente distinto por las obvias diferencias en los candidatos. Si uno nunca ha aprendido a considerar el bautismo en términos de lo que Dios hace en el rito, no resulta extraño que piense en la «declaración» únicamente en términos del creyente, o de los padres, o de la fe de la iglesia, en lugar de en la declaración que Dios hace de Su aceptación y justificación de los pecadores.

Espero que su libro ayude a todos los creyentes a comprender mejor su propio bautismo. Espero que ayude tanto a los que aceptan el «bautismo de conversos» como el «bautismo de los hijos del pacto» (terminología propia) a entender que ambos declaran igualmente las promesas y la gracia de Dios en el evangelio (librándose así tanto de un enfoque esencialmente bautista del bautismo de adultos como de una idea sentimental o bien mágica del bautismo infantil). Espero que ayude a los creyentes bautistas a tener una idea más teocéntrica del bautismo (librándose así de una exposición del bautismo de creyentes centrada en el hombre y de su actitud crítica hacia el bautismo de los hijos de creyentes). Que el Señor le dé palabras claras y un espíritu conciliador.

Me pareció una carta preciosa, aguda y cálida. Comprende muy bien que sólo hay un bautismo - sea cual fuere el candidato humano - y que es la señal y el sello de la obra de Dios en nosotros incluso más que de nuestra propia respuesta.

Una carta sobre el bautismo infantil: la experiencia

Termino este capítulo citando otra carta, de una buena amiga nuestra, que había pasado muchos traumas en su niñez.

Mi estado mental es infinitamente mejor al que he tenido desde hace años, en gran parte por la culminación de un largo proceso de curación. En septiembre había orado por mi sanidad interior y una barrera importante pareció levantarse. En agosto, mi madre me contó que a los tres meses de edad me hospitalizaron a causa de un cólico. Eso no sólo sucedió en una época en la que los padres no podían visitar a sus hijos ingresados, sino que también mi madre había tenido que salir entonces de la ciudad para atender a mi abuelo, el cual se estaba muriendo de una dolencia cardiaca. Esto fue claramente una de las raíces de mi temor al rechazo.

Lo interesante es que al llegar al momento de imaginarme a Jesús entrando en escena, no fue aquello en absoluto lo que el Señor me hizo ver: en su lugar tuve una imagen vívida de mi bautismo - que sucedió poco después de mi enfermedad - . Vi al pastor sosteniéndome en sus brazos fuertes y seguros, y una luz rodeándome. Tuve la sensación de estar sumergida en una luz líquida que fluía en y a través de mí, llenando todos los huecos y sanando las heridas. Mi yo infantil sabía que Jesús me reclamaba como Suya, y que nunca me dejaría ni me abandonaría. Fue algo increíble. ¡Ese bautismo fue muy real!

La primera carta presenta un argumento a favor del bautismo infantil, la segunda una experiencia personal. Creo que lo que ha llevado a la mayoría de las iglesias cristianas a continuar la práctica veterotestamentaria de admitir a los pequeños a la comunidad de creyentes al igual que a los adultos que se arrepienten y creen, es una combinación de argumento - como los siete que hemos examinado más arriba - y experiencia. Sin embargo hay muchas objeciones a esta idea que permite el bautismo infantil, y vamos a examinarlas en el siguiente capítulo.

" Baptism : Its Purpose , Practice and Power " .Autor Michael Green

Publicado por Hodder Christian books 1987.

Traducido por M. Anne Crandell de Garrido

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¿Matrimonio o cohabitación?

por el Revdo . Juan Sánchez Araujo

La confusión sobre el valor o la necesidad del matrimonio está llegando a nuestras iglesias, y hoy día hay hermanos que se preguntan qué mal hay en convivir como pareja, sin estar casados, con una persona a la que se quiere. ¿No puede considerarse a esa relación como un matrimonio?

«En el principio...»

El matrimonio es una institución universal a pesar de sus diferentes matices culturales. Desde siempre la sociedad humana ha reconocido, apoyado y defendido la unión entre un hombre y una mujer que hace de ellos una nueva entidad social cuyo propósito es el apoyo mutuo, la procreación y la crianza y la educación de los hijos. El respeto por el matrimonio beneficia a la sociedad misma; de ahí que todas las razas y culturas lo hayan reconocido y protegido.

La Biblia nos dice que el matrimonio fue instituido por Dios nada más crear al hombre, para proporcionar a éste el compañerismo y la ayuda necesarios y hacer posible la procreación de hijos ( Gn 1:27, 28; 2:18, 21-25). La sociedad humana, llamada a cuidar y administrar la Creación, contaba así con una célula básica sobre la cual asentar su futuro y en la que apoyar su ordenamiento comunitario. La universalidad del matrimonio, de la que dan fe todas las culturas antiguas y modernas, demuestra que éste no es - como pretenden algunos - una invención de la «represiva» moral cristiana o judeocristiana.

Sin embargo, es cierto que Jesús despojó al matrimonio de aditamentos que se le habían ido pegando a lo largo de la historia - como la poligamia o el divorcio - y reafirmó el propósito inicial del mismo como una unión de por vida entre un hombre y una mujer; y esto lo hizo remontándose, precisamente, al relato bíblico de la Creación que tenemos en el libro del Génesis ( Gn 2:24). Tanto la poligamia como el divorcio han sido practicados y se practican todavía en diferentes culturas; e incluso se toleraron en el pueblo de Israel en los tiempos del Antiguo Testamento ( Gn 35:22-26; Dt 24:1-4). Pero, empleando las palabras de Jesús, «al principio no fue así». Esas prácticas no formaban parte del plan inicial de Dios para la pareja humana. En Mateo 19:4-6, Cristo, deslegitimando el divorcio - salvo en el caso de infidelidad de uno de los cónyuges (v. 9) - , dejó claro el carácter permanente de la unión entre un hombre y una mujer: «Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre» (v. 6).

Matrimonio y fornicación

La expresión «ser una sola carne» o henosis indica el nacimiento de una nueva realidad formada por un hombre y una mujer ( Gn 2:24), en la que éstos comparten, no solo el lecho conyugal sino todos los aspectos de la vida, y gozan de una intimidad única ( Gn 2:25). La relación sexual sella el pacto de unión y fidelidad entre marido y mujer. A veces la Biblia se refiere al acto sexual en sí como henosis , y lo llama «fornicación» cuando dicha henosis se sitúa fuera del contexto del matrimonio (1 Co 6:16).

La Biblia distingue, por tanto, entre «matrimonio» y «fornicación»: lo uno es un estado honroso, mientras que lo otro merece el juicio de Dios (He 13:4). «Fornicación» (en griego porneia , de donde procede la palabra «pornografía») significa en su sentido más amplio «inmoralidad sexual»; pero de un modo más específico se aplica a las relaciones sexuales entre hombre y mujer fuera del matrimonio. ¿Y cuál es la diferencia entre lo uno y lo otro? El matrimonio es un pacto de por vida (de ahí la incongruencia del divorcio), entre un hombre y una mujer (lo cual deja fuera a las relaciones homosexuales), excluyente de terceros en cuanto a las relaciones sexuales (de otro modo sería adulterio), independiente respecto de las familias del esposo y la esposa - «Dejará el hombre a su padre y a su madre...» ( Gn 2:24a) - , y cuyo propósito es satisfacer la necesidad de compañerismo, intimidad y asistencia mutua entre los cónyuges - «y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» ( Gn 2:18, 24b) - y, si Dios lo concede, traer hijos al mundo ( Gn 1:28). La fornicación no cumple estas condiciones, y en algunos casos no es más que una búsqueda egoísta e incluso perversa del placer sexual sin ningún tipo de compromiso subyacente.

El contrato matrimonial

¿Pero cómo sabemos que ese pacto exclusivo y de por vida que es el matrimonio de un hombre y una mujer existe entre la pareja? Desde el principio - y en todas partes - el pacto del matrimonio se ha hecho público mediante algún tipo de celebración o de contrato. A partir de ese «casamiento», la comunidad sabe que existe en su medio una nueva realidad la cual debe respetar y proteger. En todas las culturas, aun en aquellas que no han tenido acceso a la revelación bíblica, se le reconoce una importancia especial al pacto matrimonial y se defiende el mismo contra las amenazas internas y externas. ¡En todas las culturas menos en la sociedad occidental moderna! En esta última el matrimonio está cada vez más desprotegido y despojado de su dignidad, al tiempo que se promueven todo tipo de sucedáneos, cuando menos mucho más pobres y frágiles, y en el peor de los casos sumamente nocivos.

¿Qué mal hay - se preguntan algunos - en que el matrimonio no dure para toda la vida? ¿O por qué ha de ser solamente entre un hombre y una mujer? ¿O qué perjuicio puede haber en las relaciones sexuales fuera del matrimonio si la pareja se siente atraída o se quiere? Los males son muchos, y de muy distintas índoles. Las relaciones sexuales sin un pacto de por vida son egoístas - «placer sí, responsabilidad no» - y carecen por lo tanto de ese factor que puede llevarlas a su madurez y plenitud. ¡Hay mucha gente vacía y destrozada por ahí de tanto picar aquí y allá; de tanto hacerse «una sola carne» con éste y con aquél! (1 Co 6:16). El hecho, por otra parte, de que dos personas del mismo sexo puedan contraer matrimonio inyecta aún más confusión en la sociedad sobre el carácter complementario de los dos sexos biológicos y la bondad de la relación entre hombre y mujer, y conduce a la larga a la extinción de la especie humana (por faltar la capacidad reproductora). Si dicho «matrimonio» lleva aparejado además el derecho a la adopción de hijos, en el mejor de los casos, priva a los niños de la posibilidad de crecer en un hogar con modelos de referencia masculino y femenino, así como del aprendizaje - por el ejemplo - de la interacción entre ambos sexos. En cuanto a la cohabitación, ésta significa empezar la casa por el tejado: el acto sexual, que es el sello de un pacto de por vida, se trivializa y acaba siendo contraproducente: ya que en vez de disfrutarlo la pareja en el saludable clima de una relación estable, se halla constantemente acosado por la duda que rodea al futuro de la relación. Cuando las pruebas o una supuesta «incompatibilidad» sexual o de carácter se presentan, la relación termina, no sin perjuicios para la pareja - y para los hijos si los hubiere - . La relación sexual es como un potente adhesivo que, una vez que ha unido a dos personas, éstas no se pueden separar sin sufrir terribles daños emocionales, morales y espirituales.

Cierto es que algunas cohabitaciones pueden estar sustentadas por un pacto tácito que las convierte en matrimonios de hecho - aunque no existan papeles civiles o religiosos que den fe de ello - , pero eso sólo lo sabe Dios, que conoce los corazones, y no puede pedirse, por ejemplo, a la iglesia que admita tales matrimonios; y cierto es, también, que muchos de los matrimonios que han pasado «por la vicaría» o por el juzgado, teniendo todos sus documentos en orden, no son matrimonios en absoluto, porque no existe compromiso de por vida ni de fidelidad mutua entre los cónyuges. Si me dan a escoger, prefiero lo primero a lo segundo; y creo que Dios es más tolerante con aquellas parejas sin regularizar que tienen la esencia del matrimonio en su relación que con los casados cuyo compromiso no es más que una enorme farsa.

La boda

La Biblia nos dice lo que es la unión conyugal y hace una clara diferencia entre fornicación (actividad sexual fuera de dicha unión) y matrimonio ( Pr 18:22; Dt 22:20-21, 28-29; 1 Ts 4:3, 4; He 13:4); pero no regula cómo debe de celebrarse este último. Resulta significativo que las Escrituras no indiquen de qué manera se hacían las bodas en Israel o en la Iglesia primitiva. La parábola de las diez vírgenes nos deja entrever un poco lo que era una boda judía en el tiempo de Jesús, pero no hace una descripción precisa de la misma ( Mt 25:1-10); mientras que los matrimonios cristianos de los primeros siglos parecen haber sido más bien un asunto familiar, ya que hasta el siglo XI o XII la Iglesia no obtuvo jurisdicción en este terreno. La razón de todo esto es que en la Biblia el matrimonio es una institución civil de carácter universal, como lo entendieron los reformadores del siglo XVI. Los judíos no volvían a casar a sus prosélitos, ni los cristianos a los nuevos convertidos: de hecho, la Iglesia primitiva dio por buenas las prácticas legales que existían en el Imperio romano a este respecto. Lo que sí deja bien claro la Biblia es cómo debe vivirse el matrimonio ( Ef 5:22-33; 1 Co 7:3-5; 1 P 3:1-7, etc.).

Sin embargo, dado que el casamiento es una declaración pública y constituye un acto social, resulta lógico que los creyentes quieran hacer testigos y partícipes del mismo a sus hermanos en la fe, y pedir la bendición de Dios para su relación, asegurándose el apoyo y las oraciones de la Iglesia - tanto más cuanto que los ministros religiosos pueden ahora actuar como jueces de paz y el matrimonio celebrado en la iglesia tiene valor civil - . Pero esto es algo distinto a considerar el matrimonio como un sacramento que requiere la intervención del sacerdote o el pastor, y sin la cual el mismo no tiene validez o pierde su carácter de institución divina. Dios no dijo que los ministros cristianos tuvieran que casar a nadie; aunque si quiso dignificar el matrimonio haciendo de él una metáfora de la relación entre Cristo y su Iglesia y describiendo la consumación futura del reino de Dios en términos de una boda ( Ef 6:31, 32; Ap 19:8-10...). Además los cristianos legalizamos nuestros matrimonios ante la sociedad civil - según el uso de la comunidad en que vivimos - siguiendo el principio bíblico de que debemos «hacer las cosas honradamente, no sólo delante del Señor sino también delante de los hombres» (2 Co 8:21).

El broche del matrimonio

El carácter público del contrato matrimonial está implícito en la Biblia - si no ésta no diferenciaría entre matrimonio y fornicación - ; y que el acto sexual constituye el sello o broche del pacto entre marido y mujer, y no precede al mismo, resulta muy claro en las Escrituras. La idea moderna de «probar si funciona» la relación o de si «somos sexualmente compatibles» antes de casarnos, es una falacia; ya que la relación de pareja no «funcionará» como es debido - es decir, como Dios quiso que lo hiciera - si no existe antes el compromiso de por vida entre la pareja.

El desposorio judío era todavía más vinculante que el antiguo noviazgo en nuestra sociedad española - el cual se daba por hecho que terminaría en boda - : suponía estar casados, pero a falta de vivir juntos y de tener relaciones sexuales. En el pueblo de Israel, si una chica «desposada» se acostaba con un hombre distinto a su prometido, era considerada una adúltera ( Dt 22:23, 24). La boda - es decir, la declaración pública del pacto matrimonial - tenía que preceder a la unión sexual de la pareja. Se nos dice, por ejemplo, de María que concibió del Espíritu Santo cuando estaba desposada con José y «antes que se juntasen»; es decir, antes de que tuvieran relaciones sexuales ( Mt 1:18). Anteponer la relación sexual al casamiento es cometer un tipo de fornicación.

¡Matrimonio, desde luego!

La sabiduría de la Palabra de Dios resulta evidente para todo el que esté dispuesto a reconocerla; como también la insensatez de los sucedáneos modernos del matrimonio, vistas las consecuencias que están produciendo. La inestabilidad en las relaciones, los celos y la violencia doméstica, muchos hijos sin un hogar estable o desgarrados entre el amor y la lealtad al padre o a la madre, el sida y otras enfermedades de transmisión sexual, etcétera, dan testimonio del fracaso de los nuevos modelos sexuales. La norma bíblica del matrimonio como un pacto de fidelidad mutua y de por vida entre un hombre y una mujer, hecho público según las normas vigentes de la comunidad a la que se pertenece, y coronado por la unión sexual, sigue siendo el modelo más efectivo para la felicidad de la pareja, el bien de los hijos y el bienestar de la sociedad. ¡No es lo mismo matrimonio que cohabitación!

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