| Entre todos los cambios que han desconcertado a la Comunión Anglicana en años recientes, la ordenación de la mujer en el ministerio tripartito de la Iglesia es uno de los que ha vuelto tirantes las relaciones y amenazado una enorme división más que cualquier otro.
La primera mujer que fue ordenada presbítero en la Comunión Anglicana fue Florence Tim Oi Li en Hong Kong en 1944, en la situación extracaótica creada por la segunda guerra mundial.
Después de la guerra se recurrió a ese precedente, hasta que cierta cantidad de ordenaciones ilícitas de mujeres en la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos se regularizaron y la práctica se aprobó en la década de 1970. Desde entonces, muchas provincias han ordenado a mujeres al diaconado, una cantidad cada vez mayor al presbiterado y unas cuantas al episcopado.
Los obispos de Lambeth 1988 convinieron en discrepar sobre el asunto, pero la primera resolución de esa conferencia trataba sobre la manera en que el anglicanismo podría proceder como Comunión.
El texto se reproduce a continuación porque es una resolución de importancia fundamental:
‘Esta Conferencia resuelve:
Que cada provincia respete la decisión y actitudes de las demás provincias y la ordenación o consagración de las mujeres al episcopado, sin que dicho respeto necesariamente indique aceptación de los principios asociados, manteniendo el grado más elevado posible de comunión con las provincias que disienten.
Que los obispos hagan uso de la cortesía y mantengan comunicación con los obispos con quienes no están de acuerdo y con cualquier obispa, asegurando un diálogo abierto en la Iglesia hasta el grado que se haya visto dañada la comunicación.
Que el Arzobispo de Cantórbery, en consulta con los Primados, nombre una comisión:
- que disponga un análisis de las relaciones entre las provincias de la Comunión Anglicana y asegure que el proceso de recepción también incluya consulta continua con otras Iglesias;
- que vigile y fomente el proceso de consulta con la Comunión y ofrezca pautas pastorales.
Que en toda provincia en la que sea necesario reconciliar estos asuntos, se animará al obispo diocesano que enfrente este problema y que busque dialogar continuamente con los clérigos y congregaciones cuyas opiniones difieren de las del obispo y disponga según sea pastoralmente apropiado a fin de mantener la unidad en la diócesis.
Reconoce el gran dolor que resultaría que alguien cuestione la validez de los actos episcopales de una obispa y asimismo el gran sufrimiento de aquellos cuya conciencia se sentiría ofendida por la ordenación al episcopado de una mujer. La Iglesia necesita hacer uso de la sensibilidad, la paciencia y el cuidado pastoral hacia todos los afectados.’
El resultado práctico de esa resolución fue la Comisión del Arzobispo de Cantórbery sobre la Comunión y la Mujer en el Episcopado (La Comisión Eames). Ésta ha intentado desarrollar con detalle el concepto de koinonia. Algunos clérigos y laicos a quienes les parece teológicamente inaceptable la ordenación de la mujer han abandonado la Iglesia Anglicana a favor de otra (en su mayoría una Iglesia Romana Católica), o han establecido una Iglesia Anglicana ‘alternativa’. Algunas de las llamadas ‘Iglesias Continuadas’ son así. Pero el anglicanismo no puede, a la larga, existir en dos o tres formas o instituciones separadas. Se ha comprobado históricamente que sólo una sobrevivirá. Las pruebas señalan que por mucho tiempo más habrá provincias a ambos lados de la línea divisoria.
- La pregunta para la Comunión Anglicana es en parte una pregunta práctica: ¿cómo podemos trabajar juntos si no reconocemos la validez del nombramiento de algunos líderes de otras provincias?
- También existe una pregunta eclesiológica: ¿cómo pueden ambos lados constituir una Comunión si un lado no reconoce la validez de la ordenación del otro?
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La Comisión de Eames ofreció algunas pautas sobre cómo trabajar en hermandad y en la más completa comunión posible. Estos son algunos ejemplos:
- Se afirma el derecho de autodeterminación de cada provincia y se afirma el derecho de cada diócesis al autogobierno. Los obispos y clérigos de otras diócesis no deben cuestionar eso por medio de acciones en esa diócesis sin permiso de las autoridades diocesanas. Esto requiere respeto y cortesía.
- Se recomienda el intercambio de puntos de vista opuestos, en particular la invitación de mujeres ordenadas a la discusión en regiones donde no se les permite oficiar.
- Partiendo del precedente de la iglesia primitiva, todo bautizado y confirmado por una mujer se considerará canónicamente bautizado y confirmado. Y el obispo que participe en la ordenación de una mujer no se considerará, consiguientemente, como menos que un obispo.
- Se reconoce que en algunas provincias se cuestionarán las órdenes de los presbíteros que hayan sido ordenados por una obispa. Eames recomendó que no se recurriera a obispos en esas ordenaciones con el fin de ‘salvar la brecha’, dado que esto, como mínimo, impugnaría la integridad de la obispa presidente. De manera que el dolor de dicha exclusión continuará aún por algún tiempo. (Esto es comparable con la larga situación de ‘transición’ en la Iglesia del Sur de India, donde los presbíteros originales no ordenados episcopalmente nunca han sido aceptados como presbíteros por la Comunión Anglicana).
- Se sugiere una disposición para supervisión episcopal alternativa para los presbíteros que lo soliciten.
- Se dirige un firme recordatorio hacia quienes se oponen a la ordenación de las mujeres, recordándoles que si permanecen dentro del redil anglicano, deben compartir los valores e historia anglicanos de la manera más amplia posible. Pero ninguna decisión es final y la Comunión Anglicana posiblemente se acerque más a la ordenación y consagración de las mujeres o posiblemente invierta esos avances.
La Comunión Anglicana ha intentado en gran medida continuar colaborando en una situación de comunión dañada y restricciones en su capacidad de intercambiar. Por ejemplo, en la Iglesia de Inglaterra, se ha dispuesto ‘supervisión episcopal alternativa’ para algunos clérigos y parroquias que se oponen a la ordenación de mujeres, pero sólo cuando ha sido solicitado. Para muchos clérigos anglicanos (de ambos lados y tanto hombres como mujeres) ahora hay áreas en la Comunión Anglicana en las que posiblemente no puedan funcionar. Esta no es la primera vez que eso ha ocurrido. Es doloroso, pero es parte del proceso de cambio hacia un futuro que apenas nos podemos imaginar, en el que con frecuencia tendremos que tomarnos la mano a través de esas dolorosas divisiones.
Anote aquí sus propias respuestas a esas preguntas antes de continuar leyendo
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